BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Diario del año del desastre Huis clos

Nos lo advirtió hace más de un mes nuestro amigo Jorge Laborda –colaborador habitual en las páginas de este mismo Diario, y que el pasado día 6 presentaba el Volumen XII de su obra Quilo de Ciencia–; nos lo advirtió, insisto, reiteradamente a los componentes de nuestra tertulia sabatina: lo que viene es «gordo», una auténtica calamidad.
Para nosotros, legos en la materia, o casi, considerando que la ‘cosa’ venía nada menos que de China y que, como más de un periódico o emisora había dicho, el tal ‘coronavirus’ no pasaba de ser una gripe o poco más, dijimos,  «¡Bah!, cosas de científicos». No en vano habíamos superado el terrible ébola africano, la difteria  y las mil y una calamidades que rara vez llegaban a nuestro paraíso europeo.
Pero, he aquí que, de pronto, el tal ‘coronavirus’, que ya había saltado a Irán y a Corea del Sur, pegó un brinco formidable y, como por ensalmo, alcanzó la Lombardía, el corazón alpino de Italia; ver la plaza del Duomo de Milán semivacía; ver los Carnavales venecianos convertidos en desbandada, preocupó; pero, como escribía Bertold Brecht, la cosa no iba con nosotros. Bien pronto una vacuna o cualquier remedio improvisado pondría fin al nubarrón.
Luego empezamos a oír hablar de zonas enormes en cuarentena, de muertos por decenas –pero, claro, también mata la gripe–, de la virulencia del  ‘bicho’, y empezaron a surgir contagios por doquier. El foco pasaba de Asia a Europa y España estaba ahí, como zona turística por antonomasia, expuesta a los mil vientos. Primero en Canarias, después en Valencia, en Torrejón, en el País Vasco, en Madrid, en Barcelona, y los casos se fueron multiplicando hasta hacerse incontrolables. Era la tan temida pandemia.
Un día apareció un caballero de poco fuste detrás de un atril, junto al ministro de Sanidad, el señor Salvador Illa, que buen estreno ha tenido. El caballero, de pobladas cejas, mirada lejana y enemigo de los trajes, era el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, y, sin más ni más, empezó a disparar a diestro y siniestro hasta quedarse prácticamente afónico, y entonces nos dimos cuenta de que «la cosa también iba con nosotros».
Poner en cuarentena a un país como España no es ‘moco de pavo’, y Fernando Simón, en connivencia con el Gobierno, estaba dispuesto a hacerlo, y vaya que si lo ha hecho. Aquí no hay Dios que escape, y el que lo intente, ya se sabe «seiscientos euros». En casa hasta nueva orden, un huis clos generalizado y dominado por el miedo.
Y yo me pregunto, que un grupo de legos en Ciencia no hicieran caso a Jorge Laborda cuando éste hablaba muy en serio, malo está, pero que un presidente de Gobierno rodeado de consejeros bien remunerados y se supone perfectamente cualificados, dejara que, una vez más, pillara el toro a todo un país, en vez de prever y salir al paso a la plaga, es de juzgado de guardia. Una vez más, el eterno «que inventen ellos» de Unamuno. Y para eso tanta investigación. Ay, Dios. Y lo peor es que los que presumíamos de tener la mejor Sanidad del mundo, así como suena, han tenido que ir por ahí mendigando mascarillas y medios de protección para evitar que nuestros médicos y enfermeras –que sí han estado a su altura, como grandísimos profesionales– trabajaran con plenas garantías y sin miedo al contagio, como desgraciadamente ha ocurrido.
Y, mientras tanto, en casa sine die, machacándose con una televisión que no hace más que hablar de muertos, de que lo peor está por venir, cuando miles y miles se han quedado sin trabajo, otra vez. Es el infierno, que decía Sartre.