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Cercanos al comienzo de las celebraciones que la ciudad de Toledo ha preparado con motivo del VIII Centenario del nacimiento de Alfonso X el Sabio, y en un momento sanitario en el que parece que, poco a poco, la normalidad quiere abrirse paso para volver a instalarse en nuestro hoy compartido, que se inaugure una exposición de pintura es un motivo que me produce alegría y tranquilidad en iguales dosis. Y digo tranquilidad, sí, porque considero que el discurrir en presente de la cultura en Toledo es un motivo para estar tranquilos, pues ello significa que ni tan siquiera las circunstancias sanitarias que hemos vivido han hecho mella en el común deseo de los toledanos de incentivar esa parte tan nuestra que es el elemento cultural.

Desde mi niñez, lo complejo de las formas y los colores me llama mucho la atención. Quizá tenga que ver el hecho de haber vivido siempre en el Casco Histórico de Toledo, exposición hecha vida donde el arte se manifiesta a través de un pluriverso de significaciones para nada exentas de interés. Muestras, todas y cada una de ellas, que forman en su conjunción uno de los libros de Historia de España más atractivos y sugerentes no solo porque su forma y su contenido se aportan significado mutuamente, sino también porque Toledo es, por sí misma, un compendio de nuestra historia que se ofrece generosamente a cuantos quieren bucear en ella. Estoy de acuerdo con el argumento de Florencia Battiti según el cual todas las exposiciones artísticas de contenido visual tienen en el fondo un componente netamente narrativo, ya sea del hilo conductor que une a todas las obras expuestas como del nexo inseparable que une al autor con su trabajo, a la vida con la obra. Y también con el de Didi-Huberman que afirma que «una exposición ha de ser el desarrollo dialéctico, no dogmático, de un argumento». 

El pasado sábado, mi querido amigo Javier Rojo Ruz, reconocido arquitecto y pintor toledano, presentó la que ojalá sea la primera de muchas exposiciones de pintura bajo su firma, titulada Torres y trazas de Toledo. En el total de obras que Javier Rojo expone, concretamente dieciséis pinturas y ocho dibujos, hay varios aspectos que podríamos destacar. Si me permiten, yo voy a entrar en dos, uno sentimental y otro intelectual. El primero de ellos, el de la toledanidad y la precisión con la que se han hecho estas obras. Piensen que el autor, toledano nato y neto, ha querido representar en la exposición una realidad que para él es muy cercana, pero que a su vez significa en su vida profesional y personal una conjunción emocional e intelectual de cuyos frutos está obligado a beber. Estas torres y sus trazas que el autor ha querido perfilar para mostrarlas al gran público están hechas en técnica mixta de acrílico, tinta y grafito sobre madera, con no pocos ensayos y pruebas por parte del autor a la hora de conjugar los materiales, y su estilo es eminentemente figurativo con gran fidelidad volumétrica y presentada con medida proporcionalidad para aportar a las obras un mayor grado de realismo. Hablar de torres, creo, es una de las grandes superaciones del arquitecto. Más aún, cuando se hace con su traza, cuando gana la batalla a la altura y colma la resistencia. Javier Rojo, a través de su exposición, ha ganado esta batalla desde el carácter de la ensoñación pictórica, pues ha entendido que se pueden construir torres mucho más allá de las fibras, los metales, la piedra y el barro. Ha sabido trazar suelos para sembrar cielos Y, aunque parezca que a través de las torres nuestra mirada señala a lo eterno, lo cierto es que a veces parece que ese eterno necesario se aleja a pasos agigantados. Las torres son anhelos de vida, porque la mayor muestra de la vida está siempre en la verticalidad, mientras que la menor muestra de vida es siempre la horizontalidad. Quizá esa reflexión haya calado hace tiempo en la mente de Javier, que, como buen observador, ha sabido mirar más arriba de lo que lo solemos hacer los demás, siempre atentos a lo horizontal del suelo o a lo banal de un teléfono móvil.

El segundo de los aspectos es el de la originalidad a la hora de elegir el tema de la colección. La historiografía toledana, sorprendentemente, no se ha dedicado de forma pormenorizada al estudio de las torres, ni tampoco a su esbozo en concepto de tales. Es cierto que se habla de ellas en un amplio número de títulos, entre los que puede destacar la famosa obra publicada por la Junta de Comunidades titulada 'Arquitecturas de Toledo', así como se han publicado dibujos a plumilla y reportajes fotográficos donde se habla de forma relativamente cercana sobre algunas torres de Toledo. Pero, insisto, no hay ninguna obra ni ninguna colección pictórica dedicada exclusivamente a esta materia. Tan solo, la obra que más se acerca al estudio de la torre toledana es 'La casa y la iglesia en Toledo', del historiador y académico Guillermo Téllez González. La definición de torre que aporta este autor es, quizá, la mejor que podría darse a esta exposición: «es la parte de la iglesia que contribuye a la silueta de la ciudad». Para Téllez, la torre en la estructura de las iglesias toledanas es un elemento capital en cuanto que, por sí misma, tiene avatares arquitectónicos e históricos propios que merecen reseña, como son su independencia en los problemas constructivos con respecto del resto del templo, su estética desligada de éste —en algunas iglesias, como San Miguel, especialmente marcada—, su contribución a la asimetría del edificio y su colaboración en el problema estético de Toledo, jugando con volumetrías que, para el académico, son casi siempre acertadas. En concreto, la ciudad de Toledo tiene todas sus torres religiosas cuadradas en cuanto a la planta menos dos: la torre de San Vicente, que es romboidal, y la de San Pedro Mártir, que es rectangular. Son propias de iglesias y parroquias, pero no de edificios destinados a la vida conventual, a excepción de los Jesuitas, San Pedro Mártir y la Concepción.

Como pueden comprobar, y como estoy seguro de que saben, trazar las torres de Toledo conlleva un análisis previo tanto histórico como arquitectónico. Un análisis que Javier Rojo ha hecho con maestría, paciencia y buen criterio. Quienes, como en mi caso, hemos podido seguir poco a poco cómo ha ido preparando las obras que hoy expone, podemos decir sin ambages que Javier ha logrado sacar a la luz una faceta pictórica netamente vocacional que lo acompaña desde su más tierna infancia. Aunque en su currículo nos diga que es Arquitecto, después de años de estudio en Burgos y Madrid, lo cierto es que su carácter nos habla de una persona inquieta, reivindicativa, preocupada por su ciudad y con un evidente sentido artístico que, en esta ocasión, ha puesto al servicio de Toledo y los toledanos a través de esta exposición. Si como pensara Marc Chagall, «el arte es, sobre todo, un estado del alma», el alma de Javier Rojo siente con profundidad a Toledo, ciudad que lo vio nacer y que le sirve de marco para algunos de sus mejores proyectos. Como he dicho, es la primera exposición con que nos sorprende mi amigo Javier Rojo, pero espero y deseo que no sea la última. Les recomiendo encarecidamente que la visiten. Estará abierta al público en el Centro Cultural San Marcos de Toledo hasta el próximo día 17 de octubre.

 

«El artista es el creador de la obra de arte, pero no de la verdad que está en ella». Esta frase la dejó escrita para la historia el filósofo Martin Heidegger. Y esta exposición deja escrita la verdad de Toledo. La verdad de la Ciudad Imperial a través de los ojos de Javier Rojo Ruz.