LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


¿Llegó el general Franco a afiliarse al PSOE?

22/09/2020

Estoy en condiciones de desmentirlo rotundamente, a pesar de que pudiera parecer que supone para ese partido una constante ayuda, ciento veintiocho años después de su nacimiento. Tampoco llegó a tener ninguna relación con doña Carmen Calvo, ni se puede documentar contacto alguno del dictador con ella. Ya sé que puede resultar poco convincente este desmentido mientras en pleno siglo XXI, la figura de Franco sigue siendo el principal argumento de distracción social que han utilizado los últimos presidentes del Gobierno de ese partido: pero de verdad, queridos/as lectores, que no hay nada de cierto en tales suposiciones.
¿A quién beneficia agitar el fantasma de aquel hombre en los momentos de más convulsión y crisis que se recuerdan? Aparte de a los que mandan, y mandan mal, a aquellos que les pueden quitar más votos a sus principales adversarios.
Igual que un Podemos fuerte fue una bendición para el PP de Rajoy en 2015 y 2016, la gente que alucina con el nuevo proyecto de ley de memoria democrática, se sentirá tentada de apoyar a Vox como reacción visceral, a costa de seguir desconcentrando los votos del único partido que puede desbancar en unas próximas elecciones a Sánchez, que solo es el PP.
Quien no encontrará beneficio moral alguno es el familiar que quiere, después de un inacabable calvario, sacar alguno de sus parientes de las cunetas, ni aquellos que recibieron una condena por motivos políticos en sentencias que aún hoy figuran como fruto de una justicia que no era tal. ¿Por? Pues porque se trata de hacerles un reconocimiento sin polémica y que se sientan acompañados moralmente por la inmensa mayoría, y no que sean colocados en la parcialidad, ni sujetos a la manipulación.
Todos aquellos españoles que hace décadas nos reconciliamos en la práctica, y que combatimos el concepto de una guerra civil (¡80 años atrás!) de buenos y malos (o mejor dicho, con demasiados malos en los dos bandos), queremos que los que sufrieron represión tras 1939 por motivos ideológicos y no por sus crímenes, tengan descanso, lo que lleva condenar a quienes se dedicaron en la posguerra a seguir venciendo a los vencidos.
Pero el tufo que sale desde las normas que impulsa el Gobierno, además del entretenimiento evidente en tiempos como estos, no es el de la restitución moral y jurídica de las víctimas, sino la de imponer que la ‘democracia’ estaba en un bando y no en el otro. No mientan: es insostenible.
Fascismo y comunismo se enfrentaron y los de en medio se alinearon como pudieron, como tocó, o para que no les matasen. Sabemos ya que malos fueron aquellos que, una vez ganaron, no perdonaron. Pero eso no hace merecedores de restitución a los que hubieran hecho lo mismo en el otro bando (pues así actuaron durante la guerra, y así procedieron en otros países de Europa del Este cuando alcanzaron el gobierno después de 1945). Ejemplo: si le doy la ciudadanía española al nieto del idealista que llegó de Nueva York en una brigada internacional para defender ‘la república democrática’ porque se lo creía, a lo mejor estoy restituyendo algo de justicia, pero si la concedo al nieto del que vino por el mismo concepto formal a abrirle camino a Stalin interpretando, como la mayoría, por cierto, de la izquierda de la época, que se trataba de hacer la revolución del proletariado, pues no parece que estemos ante medidas congruentes de la memoria democrática. En fin, el rato que han leído esto no han pensado en los centros de atención primaria colapsados. Ya lo saben, cuando vuelvan a la realidad, recuerden que solo pasa en la Comunidad de Madrid y que el resto vivimos como Dios.