Greguerías

Aurelio de León


Manadas

Siempre había oído hablar de manadas de animales salvajes (manadas de lobos, manadas de leones, manadas de elefantes…). En ningún momento me habían hablado de manadas de hombres. Por desgracia, hoy no tenemos más remedio que hablar de manadas humanas: manada de Pamplona, manada de Barcelona, manada de Manresa, manada de Beasain, manada de Bilbao, así hasta 37 manadas en lo que va de año. Se trata de grupos de hombres que se comportan como auténticos animales salvajes, a los que superan con creces en brutalidad. Hasta ellos mismos tienen la desvergüenza de calificarse a sí mismos con este nombre. Es inexplicable que existan hombres, hombres jóvenes, pertenecientes a la juventud más formada de la historia de España, que cometan actos tan abyectos como perseguir a una chica, obligarla por la fuerza bruta a realizar determinadas acciones, deshonrarla y dejarla tirada de noche en plena calle, en un parque o en la soledad del campo.

 ¿Cómo entienden estos individuos el respeto a la dignidad y a los derechos de la persona? Sus vergonzosos actos manifiestan que han abandonado -quizá nunca la han utilizado- la capacidad directiva de la razón, permitiendo que los más bajos instintos gobiernen sus actitudes y su comportamiento. La sociedad que nos ha tocado vivir tiene, entre otras, la tarea de desterrar para siempre el maltrato y el abuso de la mujer, una tarea harto difícil, pero que de ninguna manera podemos abandonar. La consecución de esta meta ha de hacerse desde todas las instancias sociales (desde la política, desde la religión, desde las asociaciones ciudadanas, ...), pero, de modo principal, desde la educación en valores. Es absolutamente necesario inculcar en nuestros niños y jóvenes, tanto en la familia como en la escuela, el respeto a las personas. Y, dada la proliferación de bandas de hombres -¡manadas!- que atacan impunemente a la mujer, unido esto a la secular degradación que esta viene sufriendo históricamente, es urgente insistir, de modo especialmente intenso, en el respeto y defensa de su dignidad.

Hoy día parece ser que lo único que realmente importa es tener una economía boyante para satisfacer los caprichos que a cada cual apetezcan. A este ideal de vida lo llaman libertad. ¡Qué barbaridad! El nombre que mejor le cuadra es el de esclavitud. Ser libre no es hacer todo lo que me venga en gana, sino actuar, conducidos por el bien y la verdad, desde aquellos valores que nos identifican como seres humanos. Uno de estos valores es el respeto a la libertad de los demás, según el principio moral universal “mi libertad termina allí donde empieza la libertad del otro”. Las penas que se imponen a los que, teniendo solo en cuenta su -mal entendida- libertad, se convierten en maltratadores y violadores deberían ser correctivas y, al mismo tiempo, ejemplares. Por desgracia muchas veces producen el efecto contrario.