Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


El nuevo consumidor

18/02/2021

Algunos siguen aceptando como estereotipo de empresario a un tipo orondo con puro que, sentado cómodamente en su despacho, dirige su negocio a golpe de ordenes dictatoriales que hacen crecer, a su espalda, la curva del crecimiento exponencial de sus beneficios. A pesar de que el tejido empresarial español, según el documento ‘Cifras PYME’ publicado en enero por el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, tiene al 99,83 % de las empresas categorizadas como PYME. De estas, más del 55% no tienen asalariados, aunque sean, precisamente, las únicas que han experimentado una variación anual positiva.
Otros muchos sabemos que la empresa es la clave de la economía y que su objetivo, y el del empresario, es producir bienes y servicios para satisfacer las necesidades económicas y sociales, creando empleo digno y remunerado, obteniendo rendimiento para sus inversores y contribuyendo positivamente al entorno social donde opera porque mejora la calidad de vida de las personas.
Por razones sanitarias, las tendencias del mercado, las regularidades de compra, los hábitos de consumo y el comportamiento de los individuos ha variado notablemente. Las empresas para sobrevivir se han visto obligadas a revisar su misión, su razón de ser, y replantearse el valor que aportan. Han debido asimilar los cambios en el proceder de sus clientes, reinventar sus productos y servicios y rediseñar tanto sus procesos como su organización para servir al nuevo consumidor.
Alusivo a este hecho es un informe de la firma Deloitte que hace referencia al consumidor año I d. C, a ingeniosa semejanza con las abreviaturas que usamos frecuentemente para situar un acontecimiento en la historia, marcando como hito al Covid-19 para establecer la cronología del consumidor. Un nuevo consumidor con otras prioridades para su vida privada y pública que pone el acento en la salud y la seguridad, en el autocontrol del gasto ante la incertidumbre y en la socialización digital. Un nuevo consumidor que cocina más, que consume productos locales, que usa su vivienda como oficina, que viaja menos, que cultiva nuevas aficiones, que se ocupa más de su persona o que practica nuevos deportes pero que, además, busca la relación omnicanal con las empresas, la disponibilidad permanente, la inmediatez en la atención y en la entrega de bienes o servicios.
El empresario no solo debe adaptar su negocio, sino que tiene que prever cuáles de estos nuevos hábitos se mantendrán cuando las excepcionales circunstancias pandémicas cedan. Debe ser el empresario schumpeteriano con capacidad e iniciativa para proponer y realizar nuevas combinaciones de los medios de producción. Aquel que reúne las facultades necesarias para aprovechar oportunidades que otros ni percibimos o que las genera gracias a su creatividad, valentía y decisión.
Pieza fundamental para el concepto de destrucción creativa que Schumpeter aportó a la teoría del desarrollo económico. Sin embargo, recibió críticas de los economistas evolucionistas por no concederle la importancia que tenía el componente institucional - normativas, regulaciones, modelos culturales, prácticas y rutinas administrativas-  para procurarle un ambiente propicio para producir y usar otros conocimientos que sean económicamente viables. Y, tal vez, tenían razón.