La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Palabras

23/02/2021

Lo material y lo intangible, las cosas y las emociones, sólo existen porque tienen nombre, porque tenemos unos sonidos aprendidos que evocan su imagen cuando no las tenemos delante. Sucede que no les damos la suficiente importancia hasta que tienes un día malo y las empleas como no debes, porque estás con el pie cambiado o porque has tenido la desgracia de nacer sin talento para combinarlas, y lo mismo te conducen a la cárcel que a la vicepresidencia de un gobierno. Sólo somos conscientes de lo que las necesitamos cuando no las encontramos, cuando las tienes anudadas a la punta de la lengua y te enloquecen y se niegan a despegarse para aliviarte la presión de las ideas. Las palabras son importantes, valiosas. Por algo nuestro primer diccionario se llamó ‘Tesoro de la lengua castellana o español’.

El universo se ensancha o se contrae según lo hace nuestro vocabulario. Cualquier urbanita que de repente se vea en medio de un bosque comprobará que árbol, hierba, matorral, insecto, pájaro son unas riendas míseras para embridar el mundo que le rodea; se sentirá un ser inferior al lado del paisano que sepa distinguir un piorno de un acebo, un acebuche de una coscoja, una endrina de una mora, un carbonero de un rabilargo, el relente del cierzo, la pinocha de la hojarasca, el hayuco de la bellota. Parece que el español pierde fuerza en los teclados de los teléfonos, que los vocablos están sucumbiendo frente a los emoticonos y vídeos, siguiendo la vereda abierta hacia el cementerio por el deceso de la ortografía y la gramática. En la búsqueda errática de un segundo idioma vamos dejándonos jirones del nuestro, de lo que nos define. Lo que no deja de tener gracia en un país que es tan famoso por la belleza de su lengua como por la incapacidad de sus habitantes para dominar cualquier otra. Ahora todos sabemos escribir ‘community manager’, pero casi nadie parece recordar que hay que poner una coma entre ‘Hola’ y el nombre de la persona a la que saludamos en un correo electrónico.  
Por todo ello, no sabe usted lo que disfruto cuando encuentro ejemplos que desmienten y tiran por tierra mi visión ceniza. José Ovejero fue intérprete en Bruselas hasta que le dio la gana de dejar de serlo para apostarlo todo a la carta de la escritura. Le fue bien y ganó. Acaba de publicar ‘Humo’ (Galaxia Gutenberg), un libro que es un monumento a las palabras, una lección de cómo elegirlas, calibrarlas, usarlas con asombrosa sencillez y ponerlas en fila para que marquen el ritmo y desgranen una historia que inundará de belleza, de terror, de esperanza y desesperación a quien decida dedicarle apenas tres o cuatro horas de su tiempo.