La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Ennio

14/07/2020

Vibran dos compases metálicos de un arpa de boca. Se le suma un hombre silbando escalas y gorgoritos virtuosos. Luego, una flauta tímida, apenas media docena de notas. A lo lejos tañe una campana. De improviso, un coro exhala onomatopeyas varoniles. Entonces, un punteo de guitarra eléctrica se impone, rotundo, a todo lo anterior. El arpa y el silbido callan hasta que la guitarra les devuelve el papel de solistas. Para entonces, a las voces, flauta y campana se ha sumado el ritmo suave de una caja. Hasta que no ha pasado un minuto y medio no se oyen las violas, que son silenciadas con impertinencia por el arpa y el coro en su papel de teloneros de la guitarra, como avergonzados de que se les hayan colado instrumentos pijos en su fiesta de garaje.
Ennio Morricone compuso la banda sonora de ‘La muerte tenía un precio’ como secuela de ‘Por un puñado de dólares’ y precuela de ‘El bueno, el feo y el malo’. Las tres películas cimentaron el subgénero conocido como spaghetti western, que es el nombre con el que se etiquetan las películas de vaqueros rodadas en Europa. Sergio Leone era el director visionario que apostaba por un cine más sucio, directo y violento que el americano. Clint Eastwood, un jovenzuelo actor de televisión, fue lo más barato que encontraron en el mercado. El desierto de Almería, que por entonces ni siquiera tenía a pleno rendimiento sus playas, aparte de algunas colonias de hippies nudistas, y que Juan Goytisolo describía como una tierra de gentes descalzas, vendedores de higos chumbos, y minas abandonadas, fue el escenario de saldo. Todos ellos eran ingredientes elegidos para el fracaso más estrepitoso. Algo así como mezclar mermelada con chile picante, untar con la mezcla un filete de cerdo y guisarlo al vapor. Sin embargo, Leone conocía a un compañero de colegio que tocaba la trompeta y que hizo magia. La música inventada por Ennio Morricone en aquellas primeras y legendarias películas, la que le catapultó a la fama y le permitió contar con grandes orquestas para éxitos como ‘La Misión’ o ‘Cinema Paradiso’, fue la escasez. Imagino al treintañero Morricone contando las liras para contratar músicos, recortando violines, desechando chelos, trompas y pianos, y cambiándolos por un tipo silbando, otro con un instrumento que tocaban los niños en Sicilia, y un monaguillo dándole al badajo de la campana.  Sergio, si me das algo más de presupuesto, te hago una obra de arte. Y película a película, la bolsa se fue abriendo y Ennio fue expandiendo su genio hasta ganar un Óscar en 2016.
El 6 de julio murió, de forma absurda, Ennio Morricone. Ese mismo día, tras treinta años dedicado al patrimonio, yo estrenaba mi nuevo trabajo como responsable de música en el servicio de actividades culturales de la Viceconsejería de Cultura. Mi primera tarea ha sido esta necrológica. Vaya mierda de presagio.