LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


El Evangelio y los políticos: todo lo contrario

El título de hoy no es solo para llamar la atención de ustedes, pues, en efecto, esto no es un encargo de la Hoja Parroquial. Verán: como muchos pecadores, me planto en misa y tiendo a desconectar a pesar de que intento concentrarme en el relato. Y sin embargo se me abren los oídos y me parto de risa por estas fechas cuando escucho el pasaje evangélico de «los últimos serán los primeros», el mismo que dice que «el que se humilla será enaltecido», o que en un banquete no te sientes en los sitios principales pues habrá alguien que te sacará de la última fila y te llevara a presidir (por no hablar de lo de «aquel de vosotros que quiera ser el primero, que sea el servidor»…) Perdonen esta línea irreverente pero es que la mayor parte de la política en España, ha sido siempre exactamente lo contrario, y lo dejo aquí apuntado no para evangelizarles: simplemente es que entiendo que valores como el servicio público, la discreción o la humildad, son de todos y arrancan de una ética universal de convivencia destinada a premiar el trabajo, y no el postureo ni a los trepadores. Sin paños calientes les diré que, si no se comportan en política como perfectos engreídos, se darían un batacazo: lo normal es que los grandes puestos se los lleven los que se rodean, ya sin ser apenas nada, de pompa y boato (secretarios, dircoms, adjuntos, community manager, cargos anejos listos al peloteo, asistentes de codazo para foto). Ya si hay chófer pues es la leche. Da lo mismo su instrucción o recorrido que «en llegando a un sitio», se desplazan con la misma soltura que Drácula en un banco de sangre, y piden para sí mismos las cabeceras de candidatura, la primera fila de palmeros, el cierre del mitin o el brindis de la cena de afiliados. Y suben, tanto las personas válidas como las nefastas. ¿por qué? Por dos motivos: el primero es la costumbre consolidada entre las elites y cúpulas de todos los partidos, de evitar problemas y explicaciones, siendo más cómodo y efectivo quedarse con el pelota silente que con quien propone discretamente, pues para atenderle hay que detenerse a ponderar, y especialmente, darle la patada al «amigo» cuya fidelidad (sujeta a caducidad, pero efectiva) es más práctica que la hipotética bondad del que piensa y anima a cambiar. Pero el segundo de los motivos es el más poderoso: en todos los partidos, a pesar de que las bases y militantes nos dan lecciones de creer en los mejores valores y esencias, lo primero que hacen cuando organizan cualquier evento o se movilizan, es entregar los mejores y más dignos lugares a los que se comportan como reyes y reinas, consolidando desde abajo el absurdo modelo de agasajar al que se enaltece. Queridos/as lectores: es una gran desventaja para la democracia y el buen servicio público todo esto de lo que en La Mancha denominaríamos «bacinismo», transversal a todos los partidos, y mayoritario dentro de ellos. Y ni siquiera la «nueva política» ha cambiado la tendencia: miren en Podemos cómo han evolucionado sus elites y cuadros en los actos, y las candidaturas, y quiénes han ido asumiendo las portavocías y puestos clave en el Parlamento.