La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Inauguración

Fui uno de los cuatro mil espectadores que comprobó la resistencia y perfecta ejecución del graderío de Puy du Fou el día de su inauguración. Antes de nada, una serie de confesiones. La primera es que hace cinco años visité con la familia el Puy du Fou original, cerca de Nantes, y salimos todos emocionados; la segunda es que una buena parte de los amigos que más quiero y los profesionales que más respeto está trabajando intensamente porque ese parque sea una realidad aquí; la tercera es que me sitúo a la misma prudencial distancia de los implacables detractores y de los kamikazes defensores del proyecto en Toledo.
La representación que ahora se puede ver allí, bautizada como ‘El sueño de Toledo’, es impresionante. El decorado, levantado con ladrillo, cal y canto en tan solo ocho meses por empresas toledanas, es sensacional. Son dignos de alabanza el trabajo de los actores, las coreografías, la acción continua y el ritmo. El despliegue de medios técnicos es abrumador: drones sincronizados; cañones de agua que se combinan con la luz para dar forma a las bóvedas y rosetones de una catedral; una banda sonora de primer nivel, cambiante, que tiene la fuerza de las grandes producciones cinematográficas. El agua está presente de forma continua, con un remedo de río Tajo que encierra sorpresas sin fin: allí salta un actor desde un puente, allá emergen órganos de fuego o una carabela con Colón, y su fondo sirve de pista de baile o soporte de combates, baños y oficios. Es cierto que quedan algunos ajustes por trabajar en la megafonía, la sincronización de las actuaciones, y por solventar algunos fallos lógicos en un estreno, pero no creo que exista un espectáculo semejante en nuestro país. Si usted busca un lugar donde disfrutar y sorprenderse, no puede dejar pasar la ocasión.
Dicho todo lo anterior, el guion es decepcionante. Una sucesión de tópicos polvorientos que uno creía enterrados para siempre en las páginas de la enciclopedia Álvarez. Los episodios históricos se mezclan con las leyendas de manera burda; la narración de una supuesta historia de España cruje como una mecedora vieja. Momentos de gran belleza (muchos) se ven empañados por escenas caricaturescas que dan lástima, como el episodio dedicado a la lucha contra los franceses que es un cúmulo de sinsentidos que causa rubor. Durante la hora y pico que dura el espectáculo flota en el aire un recuerdo a escuela de vara y catalítica, que sólo se soporta si uno se abstrae del hilo argumental y centra sus sentidos en el envoltorio del sonido, la luz, el agua y los esforzados actores. Sin duda, es un espectáculo con mayúsculas que no hay que perderse; sin duda, usted no aprenderá nada de nuestra historia con él.