Macondo

María Ángeles Santos


La buena tierra

Todos los que somos de pueblo, y aún sin entender nada de nada del campo y sus faenas, hemos oído en más de una ocasión eso de «esa tierra no vale para nada», «en ese pedazo no hay más que piedra», «ahí no crece más que mala hierba» o, por el contrario, «cualquier cosa que se siempre agarra», o «qué maravilla, que ya la trabajaba el padre, el abuelo o el bisabuelo, y nunca ha defraudado».

La tierra es así, como la vida misma. Con sus cosas buenas y malas. Viendo y leyendo lo acaecido en Murcia con el maltratado y moribundo Mar Menor, he recordado una bellísima novela, La Buena Tierra, ambientada en la China pre-comunista, y que le valió el Pulitzer a su autora, Pearl S. Buck, posteriormente premio Nobel. La obra transcurre en torno a una tierra, a la forma de trabajarla y a los resultados que para cada uno de los miembros de la familia tiene el arrancar los mejores frutos a una herencia de varias generaciones atrás.

Una buena tierra que no precisaba más que de sol, nubes y tiempo, sin fosfatos ni pesticidas, sin abonos químicos para arrancar más de una cosecha cada año, sin experimentos para sembrar lo que pita, lo que da más rendimientos, dinero fácil.

Hemos visto, estamos viendo, las consecuencias de una agricultura salvaje, de cómo la naturaleza devuelve, en el agua, el maltrato que se da a una tierra que no está preparada para ninguno de los esfuerzos a los que se la está obligando. Que nunca entenderá la ambición humana.

No se entiende matar un mar (aunque sea Menor), asfixiar literalmente una laguna que ha permanecido ahí durante siglos, por sacar un puñado, o muchos, más de frutos a la tierra exhausta por la sobreexplotación. Me consta que hay expertos que llevan años diciéndolo, y a los que evidentemente no han escuchado. Que han explicado por activa y por pasiva que todo lo que se hecha a la tierra se filtra a las aguas, con el catastrófico resultado que conocemos ahora, y del que aún no sabemos toda la magnitud.

Con cada petición de trasvase, con cada hachazo que Murcia le daba al Tajo (y que pretende seguir dando), se ha ido acercando un poco más a su propio desastre. Tendrá más tomates y más pimientos, pero está matando a la gallina de los huevos de oro del turismo.

La tierra, la buena tierra, también dice basta ya. Como el agua.