PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


A la caballada

Atienza estaba ya en la historia desde su alianza con la vecina Numancia y en la épica y la leyenda desde que Mio Cid pasó junto a sus torres y al frente de su mesnada hacia el exilio la esquivó de noche por ser la Peña Fort un castillo demasiado formidable. Conquistada y vuelta a tomar por moros y cristianos, una vez tras otra, se convirtió en cierre definitivo de la frontera castellana cuando cayó Toledo y la línea cristiana llego al Tajo. Pero iba a ser un Rey Pequeño, según le apodaron los musulmanes al heredar, huérfano de padre y madre a los tres años, la corona de Castilla quien más la quiso y la hizo grande. Un rey que al devenir del tiempo y curtido en la adversidad y cuajado su carácter en la batalla e incluso en la derrota se iba a convertir en Alfonso VIII, el vencedor de la definitiva batalla de las Navas de Tolosa.
El es para los atencinos su Rey Niño, al que liberaron cuando su tío el rey leonés lo tenía cercado en su villa. Lo disfrazaron de arriero y lo pusieron a salvo en Ávila. Este domingo de Pentecostés como todos desde hace 854 años lo celebrarán con su Caballada, bajo la roca imponente de su fortaleza, saliendo de su muralla por donde salió la reata de recueros, el Arco de Arrebatacapas, y bajando hasta la ermita de la Virgen de la Estrella donde entretuvieron a la mesnada leonesa que partió tras ellos, mientras el grupo delantero se metía en la espesura de los bosques y se perdía de vista. Oirán misa, bailarán ante la Virgen y a vueltos a montar a caballo irán a competir en carreras en medio de los trigales verdes, este año por fortuna verdes aunque un agua bien vendría.
Estaré allí, como muchos años, si no hay imposibles de por medio. Como uno más, como desde hace tanto, porque soy de esa tierra, porque pertenezco, y no al revés, a ella. Ese Común de Tierra que un día abarcó 230 pueblos, uno de ellos el mío, Bujalaro, que a mí me sigue identificando en raíz, relato y leyenda y cuya mesnada concejil era temida en la frontera toda, sufrió cuantiosas pérdidas en vidas en la derrota de Alarcos y volvió victoriosa de las Navas. Hace ya tres años acudí a bautizar, como no podía ser de otra manera, mi novela El Rey Pequeño que comienza precisamente en ese instante que se conmemora. Atienza me trató, antes, entonces y sé que por siempre con hospitalidad y dignidad, me reconocieron como propio y me dejaron compartir con ellos su fiesta. Nada de alharacas, nada de zalemas ni de untos que no nos gustan ni a mi ni a ellos. Con igualdad y respeto mutuo que es la manera mejor que los castellanos tenemos de tratarnos. Me acuerdo que algo de ello dije aquel día. Que la novela y lo que quería contar no era solo una cosa de reyes y batallas, que era además y ante todo la epopeya de las gentes de a pie, del común, de aquella frontera donde podía perderse todo, cosecha, hacienda, hijos, mujer y vida en una razzia mora, pero donde la tierra que se roturaba ya era tuya, que había de labrarla con una mano en la estiba del arado y otra en la lanza, pero donde los Fueros del Rey te protegían y en el atrio porticado de la iglesia podías elegir a tu juez y a tu alcaide y decirle a cualquiera a la cara y sin bajarla que no eras ni te sentías más que nadie, pero menos que nadie tampoco.
 Eso fue entonces y sigue siendo ahora. Aquel año, cosas del calendario eclesiástico me parece, la Caballada, o sea el Domingo de Pentecostés, cayó por san Isidro y éste muy tardano ya en la segunda semana de junio. Están los políticos, saben, enciscados con sus trapacerías a las que llaman pactos, pero sé que allí en Atienza me parece que me evitarán el soportarlos y si lo intentan saldré a uña de caballo. Que esto no rige para su alcalde, Pedro, que es herrero, o lo fue en tiempos y ahora cuando le da la gana, que simplemente es alcalde de su pueblo y de eso es de lo único que me habla. Bueno y también del mío que este año no se me puede olvidar el vino de la bodega. Espero ver por allí a muchos, en realidad es también a lo que va uno, porque sabe que son buenos encuentros. Digo yo, sería raro que no, que me tope con el Susi, ventero y ahora relevante «restaurador», que dicen, en los madriles. El de Amparito Roca, vamos, que triunfa en los madriles, de los Velasco de toda la vida, del tío Juanito, que en Atienza sigue muchos, y algunos, Juan, en lo mismo y en el lugar donde empezó el otro. Son todos amigos, que conste.
Y muchos más, seguro, de muchos pueblos y de los que tienen en ellos raíces y de los que vienen sin tenerlas por aquí que serán bienvenidos. No sé si tantos como cuando pusieron el trono ese de la serie de la tele que por lo visto ha acabado muy a disgusto del personal y venían a miles asentarse y hacerse una foto con el castillo detrás. Cada vez hay mas «gente pa tó» pero no seré yo quien me meta con ellos y menos si vienen a Atienza y echan allí el día.
Pero si vienen a la Caballada y se enteran de quién fue Alfonso VIII, quien su mujer Leonor, la hermanda de Ricardo Corazón de León, la gran reina castellana que fundó las Huelgas, la catedral de Cuenca y la iglesia de San Francisco en esta villa, que fue el imperio almohade y que las Navas y cómo era aquel verdadero Juego de Tronos, sin gilipolleces de dragones, que para eso ya estaba la guardia mora del terrorífico imperio almohade a lo mejor les añade y aporta un algo y hasta les gusta más que hacer una cola para hacerse una foto o un selfie de esos en un trono con pinchos donde no habría ni rey ni cristiano ni moro que se sentara. Que aquello de entonces sí que fue un Juego de Tronos, de verdad, a vida o a muerte de hombre y civilizaciones y que transcendió la historia entera de España y de Europa. Lo malo es que fue en la realidad. Y eso ahora no se lleva. Y menos quien haga una película y, por una vez seamos, los «buenos».