RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


La época que no tiene nombre (II)

Con historiadores del pasado, Cristóbal Cellarius y Leopold Ranke, me inspiré para definir una época posterior a la contemporánea: la época que no tiene nombre. La época contemporánea, que Ranke denominó como la época de la Revolución, empezó en el siglo XVIII con las revoluciones norteamericana y francesa, y que yo -inspirado por Ranke- he creído definirla con un concepto que une ‘revolución’ con ‘nación soberana’. Todas las revoluciones posteriores a la francesa de 1789, fueron también actos que consagraron política y jurídicamente la nación soberana, y ahí está el ejemplo de nuestra Constitución revolucionaria de Cádiz (1812) que entroniza la «Nación española» (artículo 1), en el lugar que anteriormente pertenecía absolutamente al rey o soberano. 
Esa moneda de dos caras, la revolución y la nación soberana -la hipóstasis o unión de varias sustancias de la teología- no se dio sólo en las clásicas revoluciones burguesas, sino que las revoluciones comunistas posteriores, a pesar de que el comunismo era contrario al nacionalismo, fueron también revoluciones nacionales: Rusia, China, Yugoslavia, Vietnam, Cuba y todas las demás revoluciones triunfantes, lo fueron porque se convirtieron en guerras civiles, en las que los bandos enfrentados luchaban cada uno por liberar la nación del otro. 
Hasta 1989, cuando termina la época contemporánea, fueron posibles las revoluciones. Pero la última, la revolución islámica de Irán, fue religiosa y ese hecho cierra el círculo histórico. Robespierre adoró en la iglesia de Notre Dâme de París a la diosa Razón en 1793, y Jomeini creó un régimen teocrático en 1979. Como escribió Albert Camus, la revolución empezó imponiendo la razón y terminó dictando la verdad. 
La época contemporánea acaba con la primera etapa de la globalización actual. Según mi intuición, la primera etapa empieza con la aprobación del Acta Única de Helsinki (1 de agosto de 1975) y termina formalmente con la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989). Es decir, la época contemporánea terminó en 1989, doscientos años después de la Revolución Francesa de 1789. No hace falta señalar que lo que sucedió entonces fue que la Revolución Soviética, el modelo de revolución comunista, se vio como un accidente, incluso reaccionario, y no como un paso necesario para entrar en una fase superior de la civilización humana (como se llegó a calificar). 
La etapa que va de 1989 a 2008, fecha esta última que se refiere a la gran crisis económica de nuestros días, la he denominado como «la globalización sin política». Me refería a «la globalización sin política» por la ideología que surgió después de la caída del comunismo soviético, según la cual la democracia florecería por el sólo hecho de la implantación y desarrollo del capitalismo. El escritor norteamericano-japonés Francis Fukuyama (1952), en su popularísimo libro El fin de la Historia y el último hombre (1992), fue el primero que sostuvo la tesis -determinista, pues bebía en fuentes como Hegel y sus discípulos, incluyendo algunos marxistas, de que el capitalismo sería la culminación de la historia humana, y que la economía, y no la política, sería el factor que serviría exclusivamente para entender y organizar las sociedades del futuro. 
Si la fase de «la globalización sin política» es el comienzo de una época en la que la revolución es un concepto acabado y superado, entonces ¿no hubo revoluciones cuando los países satélites de la URSS se liberaron de su poder? La respuesta es que las llamadas «revoluciones de terciopelo» (Checoslovaquia), e incluso lo que sucedió en Rumanía (con Ceausescu fusilado), no fueron revoluciones. Como esta época no tiene nombre, es por eso necesario crear lenguajes nuevos: no hubo revolución, en el sentido de crear un Estado nuevo, sino hubo disrupción (del latín, disruptio-onis), que según la RAE significa «rotura o interrupción brusca». Como la palabra revolución, disrupción proviene del lenguaje científico. 
El concepto de disrupción fue empleado por autores como François Furet (1923-1997), un revisionista de la gran Revolución Francesa, y que escribió un libro muy influyente: Le passé d’une illusion. Essai sur l’ idée communiste au XXe siècle (1995). Disrupción puede equivaler a cambiar de tipo de Estado o de política, pero intentando volver atrás, antes de que la revolución hubiese creado instituciones nuevas (ahora superadas). ¿Disrupción puede significar restauración? Me parece que no. El Brexit del Reino Unido es un ejemplo de disrupción. No es una revolución, tampoco es una restauración (Gran Bretaña ya no tiene Imperio), aunque pueda ser una instauración.
Esperaremos a ver lo sucedido en la Unión Europea en esta fase de disrupción para conocer un poco más su significado. Hasta entonces, ¡feliz febrero!