LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Para los que siguen tratando ciertas discapacidades desde la hipocresía

Cada muy poco tiempo se utiliza en los medios de comunicación, a un reducidísimo grupo de personas con discapacidad intelectual o psicosocial, como ejemplo recurrente de una visión ultraliberal de la vida, lanzando el mensaje de que todos, también estas personas, en el fondo pueden conseguir lo que se proponen, y llamando a todos los discapacitados, lleguen o no a esa media de exigencia de la hipocresía social ‘personas con capacidades diferentes’.
Esta sandez es la mayor lavadora de conciencia social para quienes no se arremangan en ayudar a incluir. Muchas personas con discapacidad, no es que tengan capacidades diferentes (¡cuantos políticos y periodistas no se enteran!), es que lamentablemente la vida les ha dado pocas, o ninguna, y no tienen el cuerpo para calmar la memez de quienes se entregan a los eufemismos de la palabra para no entrar en el fondo de los problemas.
La inclusión es el perpetuo recuerdo del tratamiento justo e igual, que integra a los que no están en condiciones de tomar decisiones propias o en sociedad, y que por múltiples motivos (edad, capacidad, postergación social, o simple desinterés) quedan fuera del juego del sistema.
El concepto de democracia como compromiso activo y conjunto de actos de responsabilidad colectiva es un noble planteamiento, vigente y defendible, pero ciertamente insuficiente porque solo desde el irrealismo o el candor podemos darnos por satisfechos pensando que la garantía que ofrece sirve para que todos obtengan lo que les corresponde. ‘Dar a cada uno lo suyo’, objetivo de la justicia material, nunca puede leerse como que ‘cada uno se procure lo suyo’: si ya lo percibió así Domicio Ulpiano en la Roma del año 220, no podemos olvidarlo en el Estado activo y comprometido del siglo XXI.
Debemos integrar, por ello, sustituyéndolos y no solo completándolos. Más actos de inclusión efectiva para los que no tienen capacidad de integrarse, y menos manoseo de los ‘ejemplos de superación’, que objetivamente nunca reflejan la realidad de la inmensa mayoría de personas con discapacidad intelectual, y generan frustración en las familias y el entorno.