La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Punto final

Nada más poner el punto final a la columna sobre Kobe Bryant, los muertos se me acumularon en la mesa. Escribiré sobre la amenaza del coronavirus chino, sobre el médico que alertó de la epidemia y que sucumbió a ella, sobre el guion real de una película de después de comer. Entonces sonó el timbre y un hombre con la pierna derecha metida dentro de una maceta y una boina entre las manos me dijo que, por la gloria de William Faulkner y de Molinicos, me dejase de cosas todavía lejanas y le dedicase un recuerdo a su padre. Balbuceó cosas como que un hombre en la cama es un hombre en la cama, o que la mujer del alcalde, por estar tan buena, debería ser comunal.

No había pulsado la primera tecla cuando volvió a sonar un timbrazo largo, como la sirena de aviso de bombardeo. Una vikinga bellísima, con los muñones de unas trenzas que parecían haber sido cortadas a hachazos, luchaba contra el llanto. No te puedes olvidar de Einar, de Espartaco, de aquel oficial elegido para la gloria; no te puedes olvidar del hombre del hoyuelo y la sonrisa malvada. ¿Acaso no ves su cara cada vez que lees una novela de vaqueros, de romanos o de guerra ? De acuerdo, lo siento Humanidad, lo siento paisano, las leyendas van primero. Apenas había buscado « Vikingos » en Internet, y algo de güisqui para meterme en faena, cuando algo parecido a un oso abrió la puerta de un puñetazo. La cabeza llena de pelo con apenas hueco para los ojos, calzón corto, guantes azules, bata de colorines. No dijo nada, sólo se giró para que leyese el nombre bordado en oro que tenía en la espalda.

Esta vez corrí y elaboré media columna hablando de que yo había llegado tarde al columnismo, el único oficio que amo, y que cada vez que escribo siento que subo a un ring para que me apalicen los mejores: Vicent, que es el campeon invicto; Pérez Reverte, que ha vivido mil vidas; Jabois, que encima es guapo; y éste que escribía con adjetivos que eran uppercuts, y que yo recibía en el hígado con el dolor de la diferencia ideológica y el placer de la belleza del golpe. Ayer amaneció, que no es poco, y el amanecer me trajo la noticia. Francisco Fernández Robles, alfarero puenteño, se había marchado en el autobús de José Luis Cuerda, de Kirk Douglas y de David Gistau. Se borraron las leyendas, los referentes periodísticos, los asiáticos ; y sólo quedó la imagen de mi tío Quique, mirándome a los ojos, sus pies descalzos hundidos en una pisa de barro.