LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Las luces

10/12/2020

Este año las luces han sido balsámicas, la señal al final del túnel, el ungüento de Fierabrás contra tanta inmundicia acumulada. El encendido de Navidad ha sido la cura del alma, la advertencia de que nada se acaba y todo comienza, los brillos de la esperanza sobre los que se levantará el mañana. No me quiero poner tontorrón ni poético, pero este 2020 nos ha dejado tan exhaustos que hasta las luces de Navidad se miran de otra forma y ya no son parte del mobiliario urbano. Son el recuerdo de la infancia, el niño que perdimos en los vericuetos de la vida, Chencho extraviado en la Plaza Mayor madrileña. Hace poco me decía una amiga que piensa ver «¡Qué bello es vivir!» esta Nochebuena. La secundaré, sin duda; todos los años lo hago, pero este quiero saber qué hubiera pasado si el ángel no consigue sus alas y la ciudad se hubiese llamado Pottersville. A tanto nos ha llevado la pandemia.
Echo la vista atrás y creo, sin embargo, que no ha sido tan malo este 2020. Uno es optimista por naturaleza y este año hemos superado nuestra prueba del nueve. Se me han muerto amigos –siempre lo digo- como del rayo, igual que Ramón Sijé lo hizo sobre las aladas almas del almendro de nata. Pero esa es la señal de la esperanza, el propio almendro que sigue en pie y volverá a las flores presintiendo la primavera. El año que acaba demuestra que ni siquiera el renacer de la vida que son los meses de abril y mayo están a salvo de nada. Marzo, desde Julio César, ya sabíamos que era un mes cabrón… Y ahí está la Historia, la reciente incluso. Pero nada hacía pensar en una primavera muerta de flores negras. Y la hubo, la vivimos y la pasamos. Y quedaron en el camino tantos amigos, que aún hoy me estremezco… Paco, Julián, Luis, Pepa… Y muchos más que han dormido a la espalda de la llanura y cuyos nombres no cabrían en este artículo. Descansen en paz y la tierra los volverá a honrar en la piel de sus hijos.
Las luces de Navidad han iluminado la carne de los vivos y le han dicho «recuerda que eres mortal». El carpe diem horaciano ha brotado en las ganas que tenemos de vernos sin poder hacerlo y en los planes postergados. Esta Navidad será distinta, apartada, íntima. Yo les digo a mis hijos que me conformo viendo al Papa en Nochebuena y cenando una sopa de ajo. Más duro lo tuvo Mr. Scrooge en el Cuento de Dickens y, sin embargo, descubrió el espíritu de la Navidad. Creo que los Reyes Magos dejarán una peonza bajo el árbol y un poco de carbón… Y los móviles y tablets se los llevarán los camellos de vuelta. Si para algo ha servido este 2020 es para ver la verdad de las cosas, la medida de los hombres, el tamaño ante la adversidad. Y cada uno de nosotros ha dejado un daguerrotipo que quedará para el futuro y la Historia. Y nos habrán pillado la matrícula. Y al que venga detrás, le será de utilidad para saber con quién se está jugando los cuartos. 
Las luces de Navidad entran por mi balcón y hacemos fiesta en el descansillo. La ciudad, Toledo, está preciosa, pero más solitaria que nunca. Y también tiene su brillo y su fulgor. Un fulgor hacia dentro, como el carácter toledano. No vienen los madrileños, pero nos encargamos nosotros de insuflar el ánimo a las calles entre los pasos y el aliento. El Puente de Alcántara alumbra el paso de los siglos y las pandemias y el árbol de Zocodover muestra el azul del cielo de mañana. La Navidad ha llegado en un año terrible, inmisericorde. Quizá como lo fue aquel otro en el que una mula y un buey dieron calor a un carpintero y su esposa a los que nadie quiso entrar en su casa.