El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Don Jaime Colomina. Memoria de un cura bueno y sabio

24/06/2020

Cuando recordemos este año 2020 tendremos que hacer memoria de tantas personas que nos han dejado, unas por la Covid-19, otras por la situación derivada de ella y otras por diferentes causas pero que han convergido temporalmente con las anteriores. Junto a muchas personas sencillas, anónimas, hemos perdido también a figuras ilustres. Toledo ha sentido la muerte de varias de ellas, algunas de gran relevancia en sus campos respectivos. La historia toledana, en concreto, y de manera particular la Real Academia, ha lamentado el fallecimiento de tres grandes historiadores y amantes de la cultura y el arte toledano: Luis Alba, José Carlos Gómez-Menor y Jaime Colomina. A éste último me quiero referir, dada la relación que tuve con él como alumno.
La vida de don Jaime no necesita ser referida, pues es bien conocida en nuestra ciudad. Hombre culto, muy bien preparado intelectualmente, de honda espiritualidad, supo conjugar una intensa labor pastoral en la archidiócesis primada, desde sus humildes inicios en el pueblo extremeño de Helechosa de los Montes, con una brillante tarea docente, en la que su magisterio no se limitaba a la mera explicación, sino que conllevaba, y era manifiesto en sus clases de Mariología, una profunda identificación y amor que visibilizaba con pasión. Su bellísima ‘Mariam de Judá’ es testigo de ello. Vinculado a la comunidad mozárabe de Toledo, se preocupó por su historia y por la venerable liturgia hispana. Desempeñó cargos importantes en la curia toledana, destacando sus esfuerzos por la aplicación del Concilio Vaticano II, particularmente durante el pontificado del cardenal Tarancón.
Hablar con don Jaime era todo un placer; su experiencia, bondad, sabiduría, hacía de cada encuentro un momento en el que aprender. Era sabio en el sentido bíblico de haber saboreado lo que enseñaba. Pude contar con su ayuda, magisterio y conocimientos durante mis investigaciones sobre la violencia anticlerical en la Segunda República y la guerra civil, esta última tan bien conocida por él, como promotor de los procesos de canonización de los mártires diocesanos y como testigo presencial de aquel periodo, cuyas raíces, ancladas en la España del XIX, trataba de desentrañar, preguntándose qué había ocurrido en la Iglesia española para que se llegara a tal nivel de odio contra ella. No puedo olvidar la evocación que hacía del incendio de la iglesia de su pueblo sagreño, incendio que me confesaba, evocaba muchas veces con dolor y con el que incluso se despertaba por la noche. Su pasión por el tema quedó plasmada en la obra ‘Piedaíta’.
Una de sus grandes preocupaciones era la armonía y el diálogo entre la fe y la razón, convencido de la complementariedad entre ambas, abierto siempre, con una curiosidad intelectual desbordante, a nuevos temas, como podía ser la cuestión de la vida inteligente en otros planetas y sus implicaciones teológicas.
Toledo ha perdido un gran humanista. Descanse en paz, don Jaime.



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