Querencias

Miguel Ángel Sánchez


El silencio de los peces muertos

A finales de julio me llamó Federico Arroyo, alcalde de Las Ventas de San Julián y guardián de la frontera en las dehesas del Alcañizo y Guadyerbas: la orilla del embalse de Navalcán estaba llena de peces muertos; en la presa las carpas boqueaban desesperadas, por miles, intentando sobrevivir. No había oxígeno en el embalse. Fui con él a los pocos días: el espectáculo era penoso. Agua verde, espesa, eutrofizada. Carpas como boyas junto a las compuertas. Hacía pocos días los pueblos de la Campana se habían empezado a abastecer de agua del embalse. Y la calidad, como no puede ser de otra manera, era pésima: mal sabor, olor y muchos problemas para potabilizar.
Quedé con Federico en hacer una nota de prensa, denunciando la situación, incluyendo las fotografías que hicimos; y una carta a la ministra de eso de la Transición Ecológica, para que dada la situación este año no vaciaran Navalcán para rellenar Rosarito, como ocurre cada año a principios de septiembre. Hice la nota y la carta, quedé con algunos periodistas y medios en enviarla. Pero no lo hice. Y no creo que lo haga. Ahora Ecologistas en Acción ha denunciado la situación en Navalcán y Guajaraz. Bien. Creo que lo que ocurre es conocido y recurrente.
¿Que por qué no he enviado la nota de prensa y la carta? Porque no. Porque ya está bien. A nadie importa que lo que salga por el grifo de la Campana de Oropesa, la Jara, la Sierra de San Vicente... sea de la peor calidad. A nadie importa que no se hayan ejecutado las obras adecuadas en alta, desde grandes embalses, en ningún sitio. Que se use el embalse de Navalcán, frente al de Rosarito para los abastecimientos, y se siga insistiendo en el disparate. Que se esté regando la vega de Talavera con aguas residuales, que nadie diga nada, y que incluso los gestores de la comunidad de regantes y la propia alcaldesa de Talavera lo aplaudan. Que Cazalegas, de donde bebe Talavera, sea un charco a donde no llega ya el Alberche, y sí las aguas residuales de urbanizaciones. Que nos hayan restringido el agua del Alberche a Talavera un 10 % y a Toledo un 20 %. Y que el caudal ecológico en la desembocadura del Alberche sea prácticamente cero desde hace un mes.
Y así en éstas, con todo el mundo callado, tragando o pasando, no me da la gana denunciar lo que nadie quiere escuchar. Y a nadie importa. Lo que las administraciones con responsabilidad llevan décadas pasando, bien por plegarse a las órdenes de partido, por incapacidad, o por no tener ni puta idea, que es lo que tiene colocar durante también décadas a los colegas o a los mandaos del partido a gestionar y dirigir, y no a los profesionales.
Es por eso –y que Federico me perdone–, que no. Que me he gastado agosto leyendo, emboscado en los perdederos del Tajo sepultado bajo Valdecañas, nadando sin tregua como Burt Lancaster en aquella película rara y brutal, como el propio relato de Cheever, en la que iba de piscina en piscina allá por el pijerío de unos felices y agonizantes años sesenta.
Y es que al final va quedando una especie de no sé qué, como los atardeceres otoñales de este agosto tan poco canónico, que me recuerdan a aquello que escribe Malcolm Lowry en Bajo el volcán, y que después Bolaño coloca como brújula o piedra de avisos al inicio de Los detectives salvajes:
«–¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere que Cristo sea nuestro rey?
–No.»