NUEVO SURCO

Javier López


Tiempos populistas

20/05/2020

Castilla-La Mancha ha pasado a la fase 1 en su totalidad. Madrid permanece a la espera y se ha convertido en el centro del huracán político y del ruido, tanto ruido que nos sobra y nos perturba. El estado de alarma seguirá activo. La geometría variable del Congreso lo vuelve a permitir.  Salta entonces despavorido uno de los relatos en liza: pretenden anestesiarnos desde la ideología comunista, que se ha metido en la cocina,  aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Todo son relatos en un mundo desprovisto ya de marcas ideológicas de tronío. Todo son quincallas que se ventilan en el circo mediático y en la corrala digital para arrimar el ascua a la sardina de cada uno.
Lo cierto es que es tiempo de ser eficaces y ágiles en la gestión de la crisis. Que la maquina comience a funcionar, que los de siempre no se queden a la intemperie, que los dineros públicos lleguen a los bolsillos a la hora prometida. Todo lo demás es ruido e impostura. El ruido que provocan, en gran medida, unos políticos que no se escuchan, que no se hablan, que no se responden.
Afrontaremos el desierto metidos en un carruaje desvencijado en el que cada caballo tira en una dirección. Esos son los mimbres con lo que hay que salir de esta, con un populismo desparramado y obsceno que se ha enseñoreado totalmente de la situación. Casi nadie renuncia a su cuota de populismo en esta función. Será el tiempo postcovid la apoteosis del postureo furibundo. Nada más simbólico en esta hora dramática de España que la muerte de Julio Anguita, el político más antipopulista de los que recordamos los que hemos vivido y crecido durante la etapa inaugurada en 1978. El político que echaba unas broncas antológicas a sus electores porque no se enteraban de nada. Quiso ser abanderado de una ideología desastrosa, pero sus valores humanos le colocaban en la línea de la honestidad y la sincera preocupación por humildes. Justo lo que necesitamos ahora. Ahora, cuando tenemos ocupando ese espacio a Pablo Iglesias, rey absoluto en un paisaje apto para camaleones.  Sigue habiendo clases y los espacios se degradan enormemente en una sociedad en la que nada es lo que parece.
La revolución te la venden desde la Milla de Oro puesta en el escaparate como el último  bolso de Prada;  o te la venden los  piji-progres que ocupan algunos ministerios o como asesores morados de la gran coalición. Entre pijos-pijis y pijis-pogres anda el juego, pero aquí lo que hay que hacer es trabajar. Necesitaríamos un presidente del Gobierno de España de altos vuelos, con una colosal capacidad de empalizar y de tender puentes. Necesitaríamos  un Adolfo Suárez, uno de esas personas transversales que se han movido en varios mundos y son capaces de comprender perspectivas diversas de la vida. Una de esas personas ambiciosas pero que saben lo que vale un peine porque se han arremangado y han probado los sabores más amargos. Necesitaríamos también una oposición de rumbo certero, sin estar dando virajes repentinos a todas horas para estar contentando a todos  y a ninguno.
Y con esos mimbres abordar un gran pacto de Estado que ponga el rumbo hacia algún lugar diseñado con el concurso de una  amplia mayoría, y cruzar entonces los dedos para que la travesía sea acertada. Pero no parece que esa sea  la decisión. El barco puede entrar entonces en un mar tempestuoso  que amenace con abrir vías de agua irreparables. No tendremos ese pacto de largo alcance. Tendremos, eso sí, una comisión parlamentaria que será una gran mascarada para cubrir el expediente. Una tomadura de pelo en la que los partidos sacarán las navajas a las primeras de cambio y pondrán en el tendedero sus relatos populistas con los que despistar una realidad que exige otro tipo de actitudes.
Es la culminación de una edad de la impostura dominada por el populismo en la que lo peor que podríamos hacer es meternos en algún redil sin pestañear.  Serán muy importantes los  estímulos para que así lo hagamos. Es tiempo de ser eficaces y concisos y lo que nos están vendiendo, en un porcentaje muy elevado con algunas honrosas excepciones,  es humo y palabrería que no va ningún sitio ni nos resolverá ni un gramo del colosal problema que se nos viene encima. Serán estos tiempos populistas la quintaesencia del disparate y el escaparate, la banalización de la desgracia y la ceremonia de la confusión.