NUEVO SURCO

Javier López


El gran cambalache

La ciudadanía española comenta estos días en cualquier parada de semáforo los ejercicios técnicos y tácticos con los que los máximos responsables de los partidos políticos organizan el nuevo tablero de cara a los próximos años. Lo comentamos, tal que el partido de fútbol del domingo, ajenos a la situación, como si la cosa no fuera con nosotros, y en verdad es así. Las formaciones políticas han convertido los pactos postelectorales en su coto privado de desguace de lo que ellos interpretan que es la voluntad del pueblo en virtud de las combinaciones de la aritmética parlamentaria. Algo lógico en un sistema parlamentario que, sin embargo, en el punto excesivo en el que nos encontramos ahora,  lleva a los ciudadanos más conscientes de lo que realmente debe ser una democracia a preguntarse si no sería el momento de abordar la introducción de mecanismos (ejemplo: la segunda vuelta entre las dos listas más votadas)  que permitieran reducir la gran espesura que ahora interfiere entre lo que queda depositado en una urna y lo que finalmente es elegido en un parlamento en virtud de pactos,  componendas y aritméticas de signo variable.
Porque la mayoría de las personas que votan  lo hacen con el convencimiento de que lo que ellos han elegido, es decir, la papeleta que introducen en la urna, con su contenido preciso y su logo inconfundible y no intercambiable,  es lo que quieren que gobierne, aunque luego llegan los políticos, en trance de tener que parir algún tipo de pacto para poder gobernar, con eso de que «los ciudadanos nos han pedido que nos entendamos». Algún tipo de cobertura, claro, hay que darle al gran tablero de operaciones donde la máxima fragmentación política es la nota dominante. Sí,  el entendimiento es la regla de oro de la democracia, el entendimiento entre contrarios mediante el diálogo para llegar a pactos y zonas de acuerdo. El problema surge cuando lo que es un esfuerzo natural en una democracia sana se convierte en una especie de bazar de mercaderías postelectorales, en un gran cambalache conde los territorios y las alcaldías se intercambian como si se tratara de patatas y coliflores pesadas a ojo de buen cubero, al tanteo. «Si me das el ayuntamiento de Madrid, yo te dejo gobernar en Castilla-León y Murcia», y operaciones de este calibre.  Es entonces cuando el diálogo y la necesidad de pacto entre diferentes, implícito en cualquier sistema democrático, queda desvirtuado a favor del gran cambalache donde nada responde a las necesidades concretas de un lugar determinado y preciso, con todos y cada uno de sus votantes, sino a los juegos de poder de unos líderes que han convertido la democracia en la pista de despegue de sus intereses, y a sus partidos en la caja de resonancia de sus vanidades.
En esas estamos, y algo tendrá que salir de todo esto. De momento, habrá gobiernos diseñados desde los despachos, gobiernos surgidos a la manera de un puzzle en el que las piezas tienen que encajar de alguna manera, pero llegará un momento en el que la ciudadanía más responsable no se conforme con asistir de espectador atónito al espectáculo y pedirá cuentas, y reclamará otra forma de hacer las cosas.  Será una ciudadanía cansada del gran cambalache de la política postelectoral donde todo se compra y vende, donde los diputados y los concejales son mercancías al peso destinadas al trueque no en relación  con lo  que han elegido los electores en un ayuntamiento, una comunidad autónoma o para el Congreso de los Diputados, sino en función de los cálculos de un líder que piensa, más que nada, en la mejor forma de disponer sus piezas para él llegar a la su cima.
En algunos territorios, como Castilla-La Mancha, que se resiste como ningún otro a entrar en las nuevas dinámicas, todo ha sido tan inequívoco que el asunto de los pactos postelectorales ha quedado reducido a la mínima expresión. Emiliano García-Page, en el PSOE, será de esos que pueden ahorrarse el suplicio. El presidente de Castilla-La Mancha lo vivió la legislatura pasada aunque lo suyo no fue el dar la aprobación al  diseño de una estrategia de pactos global impuesta desde Madrid, como parece que se estila ahora, sino el encaje de bolillos realizado en Toledo para no tropezarse a las primeras de cambio y sobrevivir. Al final le ha salido bien, y el otro lado del pacto, lo que tenía color morado, simplemente ha cedido su terreno y se ha evaporado.