El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Desde la columna trajana

En una tarde en la que no me inspiraban las musas, la mejor manera de escribir la columna de esta semana ha sido ponerme ante otra columna, ésta de piedra, la Trajana. No es broma. Escribo estas lineas en Roma, sentado sobre un antiguo arquitrabe, frente a esa maravillosa narración en piedra que, a modo de rollo desenvuelto, va contando la conquista de Dacia por el emperador hispano Trajano. Una especie de ‘periódico’  del siglo II, una crónica visual para que la población tuviera noticia de las victorias imperiales.
Contemplo estas ruinas espléndidas, y haciéndolo, el pensamiento me lleva a otra ciudad no menos histórica que la Urbe, nuestra bimilenaria Toledo, con tantas similitudes en su proyección a lo largo del tiempo con Roma, y tantos problemas semejantes en la actualidad. Ambas han acumulado un impresionante patrimonio artístico. Ambas corren el riesgo de quedarse petrificadas en ese pasado glorioso, como las historias que rodean la columna.
Pienso muchas veces en qué aportación de importancia al arte, a la cultura, a la Historia, estamos haciendo en nuestro Toledo contemporáneo. Qué obra arquitectónica de calidad se construye para la posteridad. Qué nueva pintura o escultura de valor enriquece nuestras iglesias o edificios públicos. Una ciudad, por brillante pasado que tenga, sea Roma o sea Toledo, no puede vivir sólo del pretérito, pues mirar sólo hacia atrás nos paraliza, como a la mujer de Lot.
Es cierto que la decadencia económica que ha marcado la historia de España durante el siglo XIX y gran parte del XX interrumpió la tradición creadora que venía embelleciendo nuestra ciudad en mayor o menor medida, situación agravada por los conflictos bélicos y la Desamortización, mientras que el despertar económico de los años cincuenta lo que trajo fue, con el desarrollismo, más destrucción de patrimonio y su sustitución por obras de mala calidad o pésimo gusto. A pesar de ello, algunas aportaciones han existido, pero no en la cantidad y calidad que una ciudad Patrimonio de la Humanidad merece.
Creo que es preciso cambiar esta situación. Es algo que a todos nos atañe, administraciones y entidades privadas, instituciones y ciudadanos, romper esta inercia, en la que sólo puntualmente encontramos creaciones interesantes, y apostar porque Toledo siga siendo una ciudad viva, generadora de arte y de cultura. Un arte que puede y debe desbordar las viejas murallas y embellecer los barrios nuevos, convertirlos también en parte de ese patrimonio histórico, llenar sus plazas de monumentos, con edificios públicos y privados de calidad, enriqueciéndolos, como hicieron los toledanos del pasado, con obras de mérito artístico. Un Toledo del siglo XXI que pueda proseguir la tradición secular iniciada hace veintidós siglos.
De lo contrario Toledo será, y este es el riesgo inmediato, una gloriosa y bella reliquia, carente de hálito vital, o un hermoso museo arqueológico, que al acabar el día se vacía de visitantes para sumergirse en la oscuridad y el silencio.