DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Principio de igualdad

La mofa es un gran deporte que se acaba cuando sales tú en el chiste. A cuenta del malestar de los estudiantes valencianos por la dificultad de la prueba de Matemáticas II en la antigua Selectividad, muchos han contestado que a un examen se va ‘meao’ y ‘cagao’. Y a todos los que se suman a esa teoría tan cachonda, habría que haberles visto en el trance. O que les hubiera tocado a sus hijos. He podido comprobar que todo estaba en el temario, pero la mayoría de profesores que he consultado -y han sido unos cuantos- han concluido que la prueba tenía una dificultad especial. Otra cosa es que ahora seamos muy dados a campañas inútiles, como la de recoger firmas en internet. El examen es legal y no se va a repetir; no les queda otra que confiar en cierta laxitud del que lo corrija.
Podemos dejarlo en una anécdota, pero el caso de Valencia y tantos otros deberían servir para retomar un viejo debate sobre la desigualdad de las pruebas de acceso a la universidad. Ni todos los exámenes son iguales ni todos tienen la misma dificultad. El origen están en un sistema viciado, que en cuestiones básicas como son la Educación y la Sanidad ha generado una importante brecha entre las diferentes comunidades autónomas. No es lo mismo enfermar en Castilla-La Mancha que en País Vasco o Navarra. Tampoco es lo mismo estudiar en nuestra región que en Castilla y León. No estamos a la cola pero la cabeza nos queda lejos. En este contexto, dado que la antigua selectividad supone un filtro que iguala a los de Cuenca con los de Valladolid y a los de Ciudad Real con los de Madrid, ¿tiene mucho sentido que esa prueba sea diferente en cada comunidad autónoma? Ninguno. No todos tienen las mismas cartas ni cuentan con los mismos criterios de corrección; por tanto, no tienen garantizado el principio de igualdad de oportunidades, fundamento de toda sociedad democrática. Los datos constatan que, en materias determinadas, mientras en una comunidad superan el 30% de sobresalientes, en otra región no llegan al 3%. Un claro ejemplo de que los baremos son tan dispares como injustos.
Parece evidente que el momento en el que nos encontramos no es el más adecuado para ejecutar una reforma de este calado. Con un gobierno en funciones y sin tener despejado el horizonte político sería una temeridad hacerlo. Pero el modelo ha de revisarse, sin que el calentón puntual que siempre surge en plenos exámenes de selectividad se enfríe en cuanto llegue el verano. Dentro de una Educación que hace aguas por muchos sitios, quizá las pruebas de acceso a la universidad no sean lo más relevante. En cambio, urge un consenso para que se equipare un examen de selectividad único para toda España.
Siempre que se plantean cambios de este tipo, los hay que prefieren rebajar los niveles de exigencia. No se trata de eso, ni tampoco de eliminar las materias específicas que la ley contempla para las diferentes comunidades autónomas. El objetivo sería que los que lleguen a la universidad sean los más preparados. Y dado que cualquier estudiante puede acceder a una universidad esté donde esté e independientemente de dónde viva, los criterios han de ser los mismos. No hay que asustarse por ello. En Castilla-La Mancha está la prueba. Los alumnos de Guadalajara están adscritos a la Universidad de Alcalá sin que eso sea un elemento que menoscabe las opciones de obtener una nota suficiente.