EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Las armas y las letras

Cervantes escribió un capítulo que trata del curioso discurso que hizo Don Quijote de las armas y las letras, en donde el caballero explica a los huéspedes de la venta que ambas se complementan ya que las armas exigen no sólo un trabajo del cuerpo, sino del entendimiento, pues sin las letras no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus principios. A esto responden las armas que las leyes no se podrían sostener sin ellas, porque son las que defienden las repúblicas. El propio Cervantes rindió culto a ambas, pues junto con su gran obra literaria, participó en «la más alta ocasión que vieron los siglos» que fue la batalla de Lepanto.
Calderón dejó estos versos que pondrían histérica a la Colau si su nivel de lecturas le permitiera pasar de la pancarta al libro culto, y que terminan así: «Fama, honor y vida son / caudal de pobres soldados; / que en buena o mala fortuna, / la milicia no es más que una / religión de hombres honrados».
En De Oñate a La Granja, Galdós denuncia que: «La petulancia militar, con ser tan grande, ofende menos que la de los juristas», que hoy haríamos extensivo sin esfuerzo alguno a los políticos. El pueblo, en situación de desorden, solicitó o aceptó o padeció el protagonismo político del ejército, especialmente durante la etapa central del siglo XIX y las dos dictaduras del XX.
En la España renacentista aparece la figura del soldado poeta y basta con recordar las figuras de Jorge Manrique en el XV. Garcilaso de la Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Alonso de Ercilla, Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina y Francisco de Aldana en el XVI. La sublimación del guerrear elevaba a nuestros soldados en una mística esforzada, de visos poéticos que les hacía exclamar: «España mi natura / Italia mi ventura / Flandes mi sepultura».
Los temas tratados inicialmente fueron el panegírico del Rey, la gloria de España y el valor de los Tercios, pero sin abandonar el lirismo amoroso e incluso la añoranza de la paz y la vida retirada. Así, Manrique hizo sus famosas Coplas como un elogio fúnebre a su padre y Garcilaso creó sus poemas amorosos en la Oda a la Flor de Gnido.
Siento especial atención por el capitán Francisco de Aldana que nació en Nápoles sirvió en los Tercios de infantería y murió peleando contra el moro en Alcazarquivir. Pese a que era en la batalla donde transcurría su vida, se consagró a la poesía amorosa, a la crítica de la guerra y al elogio de la vida retirada. Como otros poetas soldados, trataba de recuperar mediante la literatura, la humanidad, el sosiego y el amor perdidos en las campañas militares.
Aldana estuvo muy influido por la cultura italiana y en su poesía se encuentra un famoso soneto, inspirado en la idea de que el premio del amor es el mismo hecho de amar. En él afirma que la recompensa del poeta es el gozo de escribir su propia poesía, como el premio de servir a Dios es el propio Dios a quien se sirve, expresado en estos dos versos finales: «Puesto el querer tan sólo adonde / es premio el mismo Dios de lo servido».
La memoria del Capitán Aldana, gracias al Circolo Letterario Napoletano, me permite apropiarme de los primeros versos de la arenga popular de los Tercios: «España mi natura / Italia mi ventura».