LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Motivos de esperanza

14/03/2021

Una fila enorme se expande por una de las calles del centro de la ciudad. A pesar del frío y los eternos tiempos de espera, todos, carrito en mano, esperan su turno, manteniendo una distancia prudencial. La hilera, cada día más poblada, es una imagen que se repite en muchos barrios de las grandes urbes, una amalgama de edades y culturas con un mismo denominador común: la crisis desencadenada por la pandemia les ha golpeado sin previo aviso. Ya no sólo se concentran los de siempre, los más vulnerables. Ahora, también han surgido nuevos dramas, impensables hace años al gozar de una situación aparentemente desahogada, que hoy se han convertido, casi por inercia, en un eslabón más de esa cadena interminable que trata de aferrarse a la supervivencia.
Mientras las cifras de contagios y de incidencia acumulada dan un respiro y, poco a poco, se van reduciendo, insuflando optimismo y esperanza en una sociedad saturada de pandemia y hastiada de todo aquello que rodea al coronavirus, el número de familias que necesitan ayuda para poder subsistir y salir adelante continúa creciendo de una manera alarmante. Las colas del hambre, esas de las que se empezó a hablar hace justo un año, semanas después de que se decretase el primer estado de alarma y el confinamiento general, se mantienen inalterables, como síntoma de una crisis que ha dejado numerosas cicatrices y que, en muchos casos, quedarán marcadas de por vida.
Esta misma semana, Cáritas alertaba de que las situaciones de vulnerabilidad y necesidad se han agudizado en los últimos meses. Detallaba que más de medio millón de ciudadanos han acudido por primera vez a la ONG a pedir ayuda y, lo que es peor, que la mitad de las familias a las que asisten se encuentran en una situación de pobreza severa, lo que afecta a  840.000 personas. La emergencia social se ha expandido casi al mismo ritmo que el virus, y los albergues y comedores sociales no dan abasto.
Las restricciones derivadas de la epidemia de COVID-19, que hoy se han suavizado en la mayoría de las regiones, han desencadenado una oleada de cierres y despidos, afectando de manera contundente a un sector servicios que ha tenido al comercio, hostelería y  turismo como los grandes damnificados. El desempleo ha llegado a muchos hogares para quedarse y los subsidios no sirven para cubrir las necesidades más básicas. El drama sobrevuela sobre miles de familias, incapaces de afrontar los gastos más esenciales y llegar a fin de mes, con un Ingreso Mínimo Vital, impulsado para intentar hacer frente a un problema de peores proporciones a las vividas durante la crisis de 2008, que no ha alcanzado aún a la gran mayoría de los solicitantes.
No sólo Cáritas ha experimentado una demanda sin precedentes. La presión sobre los Bancos de Alimentos les ha llevado a estar al borde del colapso, atendiendo a cerca de 1,6 millones de personas, más de un 50 por ciento de las que solían echar una mano antes de la llegada del coronavirus. El patrón se repite en todas aquellas asociaciones que se dedican a intentar paliar las carencias de los más necesitados.
Sin embargo, de toda esta situación de penurias y vulnerabilidad se extraen datos que reconfortan y que dejan patente que España es por naturaleza un país solidario, una de sus señas de identidad que sale a relucir siempre en los momentos más complicados. El repunte de la demanda de ayudas ha conllevado un incremento exponencial de la caridad de la sociedad, que ha conseguido cubrir con creces las necesidades de gran parte de estas organizaciones. Campañas colectivas, iniciativas individuales, aportaciones privadas, todo ha ido sumando para afrontar una situación inesperada que ha cambiado la percepción del presente y va a condicionar para siempre el futuro.
La luz al final del túnel, todavía lejos, se empieza a atisbar. La campaña de vacunación, quizás más lenta de lo que se esperaba en un principio por los problemas derivados del abastecimiento de las farmacéuticas, va a ser esa palanca de cambio que consiga revertir una situación económica desastrosa, que demanda sin mayor dilación una política activa de ayudas que será contundente gracias a los fondos europeos de recuperación, siempre que se establezca un plan concienzudo de transformación que ayude a la reactivación del tejido productivo, a recuperar y a consolidar el empleo y se aleje de objetivos cortoplacistas que son pan para hoy, pero que se convierten de nuevo en hambre mañana.
Hay razones para la esperanza y el optimismo. La ciudadanía ha vuelto a demostrar estar a la altura en uno de los momentos más complicados de la Historia. Las luchas partidistas y la confrontación ideológica han quedado al margen, eclipsadas por una solidaridad desinteresada que no entiende de siglas.