Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Expertos y controversias

05/11/2020

El ser humano lleva siglos entrenándose en generar controversias de repercusión social relacionadas con cuestiones científicas por sus implicaciones ideológicas, económicas y políticas. Sobre discusiones, debates y disputas entre quienes pretenden defender posiciones contrarias respecto al avance del conocimiento, la historia nos ofrece unos cuantos ejemplos como los relacionados con la teoría darwiniana, la heliocéntrica de Copérnico, las vacunas, los organismos genéticamente modificados, el consumo de carne, la energía nuclear, el ferrocarril o el teléfono. No es de extrañar que en las graves circunstancias actuales se encienda la dialéctica y sea complicado llegar a un acuerdo para cerrar la polémica.
Mi abuelo nos contaba, con el humor que el tiempo da pátina a los hechos pasados hasta parecernos cándidos e ingenuos porque ya sabemos la solución y su final, las dificultades que tuvo su padre, alcalde de un pequeño municipio, para convencer de las ventajas que supondría la llegada de la luz eléctrica y vencer las resistencias de los vecinos. Entonces no existirían ni los grupos de interés, ni las plataformas digitales, ni las comisiones de expertos, ni las ruedas de prensa pero el pueblo se organizó, como en una bien orquestada coreografía, para definir y repartir los distintos papeles. Los negacionistas que ponían en duda que un cable pudiera someter a la oscuridad y no encontraban razones para gastar en ello. Los alarmados por la asunción de un peligro que no podrían controlar y que arriesgaría su vivienda y posesiones entre las llamas de un incendio provocado por las chispas eléctricas. Quienes apostaban decididamente porque veían favorecidos sus negocios con las nuevas infraestructuras y los que se sentían perjudicados porque el suyo consistía en vender productos que hasta entonces habían servido para iluminarse. Cosmopolitas que habían viajado o leían noticias sobre el adelanto y hasta algunos irracionales, de los que escapan a cualquier lógica, para los que el progreso, de la mano de la ciencia o la tecnología, era cosa endemoniada.   
Como en las nuevas controversias de alcance público, cada posición  recurría a sus expertos, puesto que las discrepancias se basan en el desacuerdo sobre argumentos científicos relevantes y que son demasiado complejos para que los siga el común de los mortales. Quizás por eso recurrir a los expertos es un recurso político, no solo partidista, clave en cualquier conflicto. Sobre todo si ni siquiera se ha llegado a un acuerdo sobre cuál es la evidencia relevante que hay que afrontar.
Hay grandes especialistas sobre la dinámica de estas controversias en la sociedad. Allan Mazur, Universidad de Siracusa, resalta como en las disputas contemporáneas los resultados, las evidencias, se desacreditan y se seleccionan los datos que se adecuan a cada posición de la contienda. Brian Martin, Universidad de Wollongong, incluso ha publicado un manual donde ofrece consejos para tratar con las evidencias que no resulten favorables al que pretenda ganar una controversia: ignorarlas, dudar de la calidad de la investigación, denunciar el sesgo o el conflicto de intereses de los investigadores, cuestionar la relevancia del resultado, apuntar hacia otras investigaciones con resultados diferentes o sentenciar que no es concluyente y se precisa más investigación.