Con los pies en el suelo

Alejandro Bermúdez


No hay mal que por bien no venga…

20/11/2020

Quizá por mi absoluta ignorancia sobre virus y contagios, me ha impresionado la noticia sobre la práctica desaparición de la gripe en el hemisferio Sur de la Tierra. Parece que es un efecto de las medidas adoptadas para defenderse del famoso ‘virus monárquico’.
Como sabemos, no son ninguna broma los estragos que genera cada año la gripe. He seguido curioseando un poquito al respecto y resulta que la ‘inocente’ gripe la padecen cada año en el mundo, alrededor de seiscientas mil personas, que se dice pronto; obliga a hospitalizarse a casi a treinta mil y se lleva por delante a casi cuatro mil. No tengo la menor idea de los efectos económicos que produce, pero no debe ser tampoco moco de pavo, porque seiscientos mil personas infectadas, con pocos días que les dure, son muchos miles de horas perdidas en un año.
Lo que no se me había ocurrido pensar es lo relativamente fácil que resulta, si no evitar, al menos mitigar un buen número de contagios. Porque es obvio que si con solo dos ‘medicinas sin frasco ni receta’ como son la mascarilla y la distancia se ha conseguido hacer desaparecer una enfermedad que produce semejantes efectos cada año, solo es una cuestión de información y educación, y seguir haciéndolo año tras año hasta que el virus no tenga donde ‘pararse’.
Esto me ha hecho ir un poco más allá y me ha llevado a pensar lo mucho que se puede conseguir con un poquito de colaboración. Porque si es obvio que con usar una vulgar mascarilla se puede disminuir el contagio de la gripe, ¡cuántas cosas no se podrían hacer con un poquito más de información y de educación cívica. Porque este ejemplo del ámbito sanitario podríamos extenderlo a cualquier otro de la vida humana. ¿Se imaginan cómo estaría nuestro entorno si en lugar de que cada persona tirara un papel al suelo, lo recogiera?
Y esta realidad nos lleva un poco más allá todavía, que es a preguntarnos la razón por la que no hacemos con naturalidad, como norma de educación, todas estas simples actuaciones. Se me ocurre que estamos faltos de dos cosas:
Educación. Es obvio que para lograr automatizar en las personas conductas positivas para con nuestro propio género, hay que hacerlo desde la cuna y desde todos los ámbitos posibles. De nada sirve que un profesor suelte una perorata a sus alumnos sobre la necesidad, aunque solo sea por  razones estéticas, de no esparcir desechos, si luego, cuando viaja con su familia en el coche, ve que estos se deshacen del bote de refresco o incluso de la bolsa de basura de la casa, arrojándolo por la barandilla. ¿Se han fijado ustedes –seguro que sí- en cuanta inmundicia hay en las cunetas de nuestras carreteras?
Información. Es necesario y básico, que la sociedad conozca el efecto de nuestra conducta y las posibilidades de conseguir efectos positivos con nuestra actuación.
Sanción efectiva de conductas antisociales, superando el escueto catálogo de multa o cárcel. Porque la multa topa con la insolvencia de gran parte de la población que literalmente se ríe de esas sanciones. La cárcel se demasiado drástica para faltas leves. Si aprovechamos el ejemplo de lo sucedido con la gripe quizá podamos decir eso de ‘no hay mal que por bien no venga’…