El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


La cuerda tensada

20/05/2020

Les he comentado en alguna ocasión que suelo ser una persona positiva, que trata de sacar lo bueno de cada situación, por dura que sea. Cuando comenzó la pandemia y, sobre todo, cuando pudimos comprobar sus terribles secuelas, pensé que esta crisis colectiva, la más dura quizá que hemos vivido en España desde el final de la guerra civil, traería, como consecuencia, una mayor cohesión social. Creí que la tremenda prueba colectiva nos uniría en una experiencia común, que todos asumiríamos el dolor por los muertos, el sufrimiento de los enfermos, la incertidumbre ante el oscuro panorama económico, como algo propio compartido con los demás, a modo de lazo que nos hermanaría y nos ayudaría a afrontar la dura travesía por el desierto, apoyándonos unos en otros. Me equivoqué. Lo que hemos visto en estos meses ha sido un progresivo enrarecimiento del ambiente, un creciente clima de hostilidad, una intolerancia cada vez mayor, un enfrentamiento brusco, acerbo, incapaz de comprender la postura opuesta o diferente.
No es nada nuevo. Llevamos doscientos años, desde el reinado de Fernando VII, de guerracivilismo, de negación del pan y la sal a quien consideramos nuestro enemigo. La Restauración de Cánovas y la Transición trataron de restañar las heridas de dos siglos marcados por enfrentamientos civiles, de inestabilidad política, de exclusión del adversario. La primera, sufridas diversas crisis y dificultades, fue clausurada por la dictadura de Primo de Rivera, tras la que llegó la Segunda República, cerrando el ciclo la terrible guerra civil. La Transición, tan denostada hoy por algunos, trató de superar esas dos Españas que se habían combatido hasta la aniquilación; con sus sombras innegables, trajo un espíritu de concordia, de mirar hacia delante juntos, de no ver enemigos sino adversarios con los que se podía dialogar. Ese espíritu parece difuminado y lo que se está imponiendo de nuevo es la confrontación que levanta muros y destruye puentes. La Covid-19  ha hecho revivir un virus más peligroso, el de la intolerancia. Hace unas semanas lamentaba su presencia en las redes sociales, pero ha infectado a toda la sociedad. La violencia verbal es cada día mayor, y de ahí a la física existe una tenue línea divisoria.
En esta deriva que nos arrastra y envuelve a todos, existen algunos más responsables que otros. Una clase política mediocre y cortoplacista, incapaz de visión amplia; unos medios de comunicación sometidos a intereses partidistas, que rehúyen su misión de ser conciencia libre y crítica; una clase intelectual que ha devenido en intelligentsia al servicio del grupo político; los agitadores de uno y otro lado que apuestan por el 2cuanto peor, mejor». Pero también los demás tenemos nuestra responsabilidad, al demostrar excesiva inmadurez e infantilismo como ciudadanía, dejándonos arrastrar por la falta de compromiso y exigencia.
Estamos tensando la cuerda demasiado. O reaccionamos y somos capaces de detener esta vorágine o la cuerda, quizá más pronto que tarde, se romperá.