La espada de madera

Bienvenido Maquedano


La calle

Hay tres, no, cuatro coches de plástico; uno de ellos es un camión de bomberos. No son de coleccionista, sólo son juguetes. Dos azules, uno amarillo y otro rojo. Un niño de seis o siete años juega con ellos, los coge con una mano enrojecida por el frío de la mañana y los desliza sobre un suelo de cartón mientras hace ruidos de acelerador y freno. Está de rodillas, y sólo la caja aplastada de cartón le separa del adoquín de la calle. Aparca, desaparca, da marcha atrás, absorto en un mundo en el que sólo habita él. En el centro ha creado una rotonda con un paquete de patatas fritas con kétchup que le han sobrado del desayuno. A su lado, sentada sobre otro pedazo de cartón, hay una mujer. Debe ser la madre porque de vez en cuando le dice algo en rumano y el niño alza la cabeza y le presta atención. Difícil calcular la edad de esta mujer de piel renegrida, revestida como va con varias capas de faldones, rebecas y un pañuelo tapándole el pelo. Apoya la espalda contra la pared de unas galerías comerciales y dice buenos días a los viandantes para ver si hay suerte o lástima o piedad o las tres cosas y cae algún euro en el vaso del café. 
La mitad de la calle está levantada porque están cambiando las tuberías del agua. Eso hace que parezca que hay el doble de gente transitando por ella y también hace más invisible de lo habitual a los mendigos. Hay ambiente navideño y además es semana de rebajas por el Black Friday. Si cruzas cualquier puerta cambias de mundo. Del frío seco de la calle pasas a un trópico de escaleras mecánicas y aromas dulzones de comida rápida y colonias caras. La gente cambia en un segundo. En la calle pueden pisar al niño de los coches de plástico porque el exterior y el gentío le vuelven transparente, pero dentro de las tiendas sus ojos se fijan en cualquier etiqueta que anuncie un descuento. 
Franco La Cecla, un antropólogo que abandonó la arquitectura por considerarla inmoral, dice que tal vez las compras compulsivas sean una de las pocas cosas que consigue darnos la felicidad, aunque sea durante media hora, y que por eso los arquitectos estrella se dedican a hacer grandes cascarones ostentosos para las marcas comerciales y han abandonado su tarea original de hacer habitables los espacios públicos de las ciudades. Las calles ahora sólo son la transición fastidiosa entre las grandes tiendas o los lugares de trabajo, hasta el punto de que todos los que se empeñan en habitarlas, los expulsados del paraíso comercial, son parias sociales.