Con los pies en el suelo

Alejandro Bermúdez


Mascarilla: Retrato de una nación

26/04/2020

Tengo que reconocer que esta trágica pandemia me está descubriendo una realidad que desconocía, y que, si alguien me la hubiera contado, nunca hubiera creído. Es el bajísimo nivel previsor y organizativo de España, en contraposición a su alto nivel impositivo y a su más que alto nivel de autoritarismo. Me he dado de bruces con las famosas mascarillas y ha sido como un aguijonazo que me ha hecho despertar.
Llevo oyendo hace muchísimos años cantar las excelencias de nuestro sistema sanitario y llegó un momento en que me creí que era verdad. Ahora resulta que teniendo «el mejor sistema sanitario del mundo» somos el país con más muertos por millón de habitantes por la pandemia. Esto echa por tierra esas cacareadas excelencias del sistema. Desgraciadamente la muerte está fijando de forma incontestable el ranking que ocupa cada sistema sanitario.
 La cuestión es qué falla en nuestra Sanidad. Porque en el sistema sanitario, además de los sanitarios propiamente dichos, son necesarios otros medios, previsión y, lógicamente,  organización.
 Está acreditada sobradamente la solvencia profesional de nuestros sanitarios, cuya entrega ha alcanzado niveles de verdadero heroísmo, pero, ¿podemos decir lo mismo con los otros elementos? Veamos el caso de las simplísimas mascarillas:
 Resulta que España es un  país desarrollado, industrializado, con una gran población bien formada, capaz de fabricar los productos más sofisticados.
 Resulta que hace meses que se detecta un virus que empieza a causar estragos en un país tan lejano como China. Es bien visible la trayectoria de la infección y tenemos la suerte de que nos da casi tres meses para prepararnos para defendernos.
Y resulta que, cuando al cabo de los tres meses, nos invade, nos coge absolutamente desprovistos de los elementos más sencillos y necesarios que todo el mundo estaba viendo usar a los chinos para protegerse: mascarillas.
 Resulta que a ningún responsable sanitario se le había ocurrido preguntarse si teníamos dotación de material suficiente en el caso de que fuera necesario y un país que colabora en la construcción de satélites espaciales no prevé ni la fabricación ni la compra de tan elemental producto.
 Es obvio, por tanto, que ha fallado estrepitosamente la previsión. Pero, ¿y la gestión? Porque, constatada la falta de producción nacional se ha tenido que ir a buscar este producto fuera. El vodevil montado en la gestión de las compras hubiera sido digno de la mejor pieza de humor si no  estuviera costando centenares o miles de vidas humanas: mascarillas que no llegan; mascarillas que llegan y son defectuosas y provocan el contagio de numerosos profesionales; mascarilla pagadas a precios que doblan el de mercado, que ya es caro en estos momentos…
 El último despropósito de nuestro gobierno ha sido fijar un precio máximo de venta de las famosas mascarillas, cuando casi todas vienen de China, con lo que lo que está provocando es una agravación del desabastecimiento. Porque si en el mercado exterior cuestan a uno, nadie las va a comprar para venderlas dentro a medio -otra de Gila- pero, además, la vorágine recaudatoria hace que se mantenga su IVA en el 21%, para hacer aún más difícil poder venderlas al precio fijado.
 La conclusión es que, una vez más, un sistema totalitario-comunista, que es lo que padecemos, consigue hacer un pésimo producto con unos excelentes ingredientes. La pobre mascarilla lo desenmascara claramente.