Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


La ciencia de frontera y el saber tradicional

01/10/2020

Conocemos como ciencia y tecnología de frontera a la generación de conocimiento y a las aplicaciones técnicas de vanguardia, aquellas que rompen con la tendencia dominante e inician la base de un posible futuro diferente.
Naciones Unidas inició en 1960 una serie de decenios de cooperación internacional para los buenos propósitos del mundo. Acabar con la pobreza extrema, el hambre, la mortalidad infantil, la discriminación de género o extender la educación primaria, entre otras necesidades básicas. En la actualidad, nos guiamos hasta 2030 por los preceptos de la Agenda de Desarrollo Sostenible con sus 17 objetivos, ambiciosos e interrelacionados, para la sociedad mundial. Entre sus fines, además de alentar el desarrollo incluyente y sostenible con carácter ambiental, está la provisión de otros bienes públicos globales como la investigación, la seguridad alimentaria, las comunicaciones, el transporte, los mercados agrícolas, los mercados financieros o el desarrollo de vacunas y medicinas.
Las metas del mundo constituyen un verdadero reto para los científicos y los tecnólogos, puesto que es necesario más y mejor conocimiento para tomar decisiones o abordar con precisión las acciones necesarias, así como disponer de las técnicas que permitan aplicar ese saber. Por ello, la comunidad científica, con su dinámica exploratoria propia de la tecnociencia, busca no solo conocer y describir mejor el mundo, sino poderlo transformar en beneficio de la sociedad. Es decir, afrontar los retos de acuerdo con el ethos mertoniano. Merton consideraba que «las costumbres de la ciencia posen un fundamento metodológico pero son vinculantes no solo porque son procesalmente eficientes, sino porque se cree que son correctas y buenas». El fin del científico no termina procurando conocimiento certificado. La ética de su cultura científica le encamina a resolver los problemas de la gente, a buscar soluciones tecnológicas globales o a evitar los riesgos para la población.
Aplicar los descubrimientos de la neurociencia, la nanociencia, la energía nuclear o el láser son tecnologías de frontera que ofrecen oportunidades para mejorar la calidad de vida de las personas. Así, por ejemplo, se estudia el uso de rayos laser para medir la concentración en la atmósfera de gases, con efecto directo sobre el cambio climático, para facilitar pruebas para formular políticas. La nanotecnología procura aplicaciones médicas prometedoras para la salud de la población, nuevos materiales para reducir el consumo de agua, energías renovables eficientes o mejores comunicaciones. Sin embargo, aún no hay el conocimiento suficiente sobre su efecto en la salud de las personas o el medio ambiente, siendo decisivo, en este caso, el papel de los científicos para evitar el peligro y controlar el riesgo.
Y un poco de saber tradicional, del conocimiento fruto de la experiencia,  a la solución de los problemas actuales. El uso del cobre y la plata por su capacidad antivírica, que ya conocía Hipócrates, en las mascarillas. O la constatación del efecto antimicrobiano de la mayoría de las especias que explicaría, por la sabiduría y no por la idiosincrasia de las gentes, su variabilidad en la gastronomía tradicional según los países y climas. Pero sobre esto ya hablaremos otro día…