La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Trapo naranja

09/06/2020

En la sede de la Fundación Ferrocarril de Antioquia, en la ciudad colombiana de Medellín, ha surgido un movimiento que se ha extendido por todo el país. Su director, Juan Luis Isaza, está preocupado por el presente y futuro inmediato del mundo de la cultura. La nueva normalidad que ya asoma la zarpa se parece demasiado a la vieja, solo que aún más ensañada con la destrucción de lo que se considera superfluo. Por eso se le ocurrió lanzar una llamada para que la gente que respira por y para la cultura ondease un trapo naranja en sus ventanas y balcones, para expresar abiertamente la situación de catástrofe a la que se dirige un sector que no se percibe como esencial por parte de la población en general y del estamento político en particular. No se trata de un movimiento mendicante, sino que busca la concienciación social acerca de la importancia de todas las manifestaciones de la cultura para nuestra existencia. Hemos visto durante estos meses que nos podemos pasar sin muchas cosas, pero no sin la música, el cine o la literatura. Lo que nos ha mantenido cuerdos en el encierro no han sido las hamburguesas y las pizzas precisamente.
Cuando era pequeño tenía terror a la clase de gimnasia. Siempre me ha gustado el deporte, pero teníamos un entrenador obsesionado con la gimnasia de saltos. Había que saltar el potro, el caballo y el plinto. Los más fuertes y ágiles volaban por el aire y los sorteaban sin problemas; los pequeños y poco dotados nos chocábamos contra los aparatos, nos quedábamos sentados en la mitad o, sencillamente, dábamos un rodeo a los obstáculos para llegar al otro lado. El mundo de la cultura, que algunos hemos elegido irreflexivamente como ecosistema, está lleno de escollos (la economía, la política, la cerrazón) contra los que nos estampamos como gorriones contra un cristal, impulsados por un extraño gen, no sé si avanzado o defectuoso. A lo mejor lo único que tenemos que hacer es buscar la forma de dar la vuelta alrededor de cada una de esas barreras para seguir nuestro camino más o menos en línea recta.
Juan Luis ha ideado y expandido una acción preciosa. Yo, que no he tenido absolutamente nada que ver, me siento orgulloso por ello. Es como cuando asisto a una batalla de órganos o leo un cuento maravilloso. Las creaciones de otros son victorias que siento como personales. Ese movimiento ya tiene vida propia y al menos ha llegado hasta Toledo, hasta casa. Es una pena que yo viva en un país donde cualquier reivindicación cultural provoca urticaria; un país en el que cualquier trapo de colores que se cuelgue de un balcón se convierte en una pedrada en el ojo del vecino.