La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Ni en los sueños de Verne

05/05/2020

Más o menos se podría contar de esta manera. Un murciélago tuvo una extraña relación con un pangolín. El pangolín fue capturado, acabó en un mercado de delicias gastronómicas en la ciudad china de Wuhan, donde transmitió el coronavirus a un humano. El contagio se extendió de humano a humano con tanta rapidez que las autoridades del lugar, para frenarlo, construyeron un hospital en diez días. El médico que dio la alarma, murió; y otros dos médicos de Wuhan, que estuvieron muchos días entre la vida y la muerte, despertaron del coma convertidos en negros por efecto de la medicación. Como una plaga bíblica, la enfermedad se extendió por todo el mundo respetando a los niños y cebándose en los viejos.
Entonces, los gobiernos dictaron estados de alarma y suprimieron la libertad de movimiento. La policía y el ejército tomaron las calles. Hubo peleas entre países por hacerse con mascarillas de papel, geles hidroalcohólicos y batas de usar y tirar. El papel higiénico se convirtió en un bien codiciado y todo el mundo aprendió a lavarse correctamente las manos. Encerrados, sin nada mejor que hacer, se produjo una regresión a tiempos pasados: las familias tuvieron que charlar, hacer punto, cocinar las recetas de la abuela o desempolvar el Monopoli, las cartas y los puzles para matar el tiempo. A falta de bares abiertos, las cervezas se bebieron delante de una pantalla dividida en tantos cuadros como caras de invitados. Nunca antes hubo tanto contacto virtual con los amigos, familiares o simples conocidos.
Mientras gran parte de la población se arruinaba, unos pocos descubrieron las ventajas del teletrabajo; y los fabricantes de mamparas, viseras, guantes de goma, bicicletas estáticas, o los repartidores a domicilio vivieron una edad de oro. El turismo desapareció, la contaminación bajó de golpe, los peces volvieron a los canales de Venecia, y se oyó trinar a los pájaros más alto que nunca. Los jabalíes, zorros, osos, pumas, monos, capibaras y cabras montesas se adentraron en las desiertas calles de las ciudades. Los balcones se transformaron en escenarios para cantar, bailar, hacer ejercicio, vigilar sin pudor ni visillos o aplaudir. El Dúo Dinámico alcanzó el número uno con una canción lanzada en 1988. Los médicos, enfermeras y personal sanitario cosecharon un merecido e inédito reconocimiento social. Los profesores se convirtieron en expertos en tecnologías de la comunicación en un abrir y cerrar de aulas. La posesión de un perro, de una terraza sin cubrir y de una buena biblioteca fueron cotizadísimos; en tanto que el piso de la playa y el coche de alta cilindrada bajaban su valor a mínimos. Y todavía me dicen que por qué no escribo ficción.