LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


En la oscuridad de la pandemia

Marzo cabrón, ventoso y abrupto, ha girado la hoja del calendario sin apenas aire. Vienen los días negros, vacíos de rojos y blancos de mascarillas, con sudor empapado en lágrimas. España es ahora una fábrica a destajo de guantes y gorros sin fin, la suma de todos los talentos juntos para sacar un país adelante. Nos ha llegado la pandemia desnudos y hambrientos, haraposos de lujos, pero carentes de almas. La primavera se ha extasiado en la muerte y quiebra sus ojos en unas lilas tibias que jamás verán las luces de la mañana. Marzo se despide con un vómito de crisantemos ajados en la solapa.
Buscamos el hilo de Ariadna para encontrar la salida de este túnel en el que nos hallamos sumidos. No es tiempo de culpas, pues como dijo el Nazareno quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. En el barco hacen falta brazos, brazos que alcancen aquello a lo que mi hermano no llega. Solo así una sociedad puede salvarse. Una sociedad y un hombre, porque el hombre es feliz cuando ayuda a otro hombre, aunque hasta ahora no lo haya sabido. Es momento de replantear, resetear en lenguaje informático. La máquina se ha atascado y hay que apagar y encender. En el tránsito, se nos escapa la vida, pero es la vida misma la que llama para continuar su pulso. Los corazones esperan sangre limpia que bombear a las arterias.
Ha caído un virus sobre nosotros como la bomba atómica, ha parado nuestros relojes, nuestras civilizaciones, pero es precisamente en lo mejor de ellas mismas donde encontramos las soluciones y el remedio. Es la guerra de nuestra generación, aquella que nunca pensamos que llegaría y se ha instalado en el centro de nuestras casas. El hogar se ha convertido ahora en refugio, lugar de encuentro, con la familia y uno mismo. Y el sol se ve brillar tras la ventana con la melancolía de los días fugados y caen tras los cristales. Nos volveremos a abrazar como si el mundo se acabara al instante.
La pandemia nos ha descubierto finitos, vulnerables, quebradizos. Es el eterno mito de Sísifo que los israelitas descubrieron en la Torre de Babel. La osadía del hombre, Dios la castiga. Si no ha sido Dios, es la Naturaleza. Pero poco interesa ya el castigo. En este tiempo de Cuaresma y cenizas, la redención pasa por la cruz. Sobre el Misterio cristiano he meditado mucho sin alcanzar nunca conclusión alguna. Lo máximo que intuyo es que antes de la luz, hay que pasar el túnel de la oscuridad. La Cruz iguala al mundo, es un eje de abcisas y ordenadas sobre el que cae tanto el rico como el pobre. Igual que en la pandemia. Nietzsche enfureció con San Pablo y llamó al cristianismo religión de esclavos. Pero terminó loco y recluido en un sanatorio. En la verdad del sufrimiento, en las llagas de la Naturaleza, está el florecer de la vida. Terrible conclusión, pero verdadera ahora mismo a nuestros ojos.
El músculo vencerá al virus, el músculo de la inteligencia. El hombre ha sabido enfrentar adversidades y achicarse cuando fue necesario para pasar por el ojo de una aguja lo que antes fue Rubicón. En el arte de la medida, el espíritu de cooperación, las lágrimas enjugadas y la enorme fuerza por sorber la vida de pleno está la clave de la victoria. Sócrates marcó el camino de la Humanidad y Beethoven le puso música. Veinticinco siglos después, no tengo dudas de que en la sencillez está la belleza. Y estos días emergerán luego en la memoria como las flores negras que precedieron a los verdes prados que crecerán para nosotros.