Cabalito

Ignacio Ruiz


La habitación roja

La habitación roja
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ignacio ruiz
«Saldremos adelante, tristes y más solos, pero no derrotados»
Salió por primera vez en TV una reunión del presidente Sánchez en el búnker de Moncloa y no había mejor forma de definir la situación: la gente en casa, la prensa informando con cuentagotas para evitar la alarma y el presidente en un agujero.
Un agujero blindado en los sótanos de la casa presidencial. Una sala en la que se acumula el progresío, con la demagogia por bandera. La ‘socialidad’ toda bien juntita, temblorosa, haciendo y deshaciendo a la vez. Yo siempre he oído que no se puede soplar y sorber al mismo tiempo, pero no paran de sorprender. Es ahora cuando se nota quién está preparado para tomar decisiones y quién para solo hacer anuncios y fotos.
Al mando supremo que controla el gobierno habría que encerrarlo por convertir las calles españolas en una habitación del pánico.
Ese publicista de pacotilla, cobarde y demagogo nos ha dejado sin los abrazos de nuestros seres queridos, sin los besos de nuestras madres que tanto echamos de menos. Sin una despedida fraternal en el último suspiro de los que han perecido por esta catástrofe.
Nos abocan a convertirnos en un país seco de lágrimas, deprimido escenario para luchar por la recuperación. Saldremos adelante, tristes y más solos, pero no derrotados.
Tanto tiempo en casa saca corrompidos corazones, agrios debates y grandes desazones en los conciliábulos del wahtsapp. El pánico lo acrecientan los que no saben sonreír y disfrutar de la vida, cuando estábamos bien, los pochos por dentro. Por lo que ahora, que no estamos tan bien, se regodean en sus propias miserias y nos tratan de arrastrar a todos.
Sólo me queda la certeza de que mi recuerdo me genera mejores expectativas de lo que puedan mandarme por un mensaje de móvil: las carcamusas en Ludeña, la cervecita y el saludo de Pedro en su Nuevo Almacén, el paseo cargado con la fruta de Paco, el pescado de Rafa o la carne de Ernesto. La charleta con Ángela en su mercería Monadas o comprando las chuches en casa de La, nuestro vecino del lejano Oriente.
Echar la tarde en Zocodover es mi esperanza, los profundos paseos por la calle Ancha, el saludeo con los vecinos, mi libertad personal e intransferible, eso no me lo arrebatan desde la habitación roja.