Macondo

María Ángeles Santos


Social Prescribing

Curiosa, y mal pensada, como soy, siempre que veo un titular con palabrejas ajenas a la lengua de Cervantes, no puedo resistirme a la tentación de saber qué  milonga nos quieren vender bajo tan pomposo encabezamiento. Y casi siempre me encuentro con lo mismo. Que son cosas de toda la vida traídas a la actualidad por algún proyecto, estudio, informe  o iluminado que se quiere apuntar un tanto o que simplemente ha descubierto que remedios antiguos funcionan, que no somos los más listos de la Historia y que, en definitiva, si hemos llegado hasta aquí por algo será.

Con hierbas, con medicina natural, escuchando al cuerpo y a la tierra o dejándonos llevar por lo que siempre ha servido para curar el cuerpo y el alma, lejos de químicos, antidepresivos o ansiolíticos varios.

Hoy me he topado con el ‘Social Prescribing’, que al parecer ha nacido en Inglaterra y al que le auguran un buen futuro. Se trata de un proyecto conjunto entre Gobierno, médicos y asociaciones de bibliotecarios que, básicamente, apuestan por sustituir las pastillas por libros, por novelas, por poesía… Apuestan por alimentar el alma para que el cuerpo responda, para que vuelvan las ganas de vivir de forma natural, y no desde el atontamiento o la euforia que dan las sustancias habituales para estos trastornos.

Y hasta creo que el ‘Social Prescribing’ se amplía hasta la pintura, el arte y otras formas de cultura. Que está muy bien. Mejor pasar la tarde en un museo o emborronando lienzos que durmiendo en brazos de orfidales o similares.

Me parece perfecto, pero los ingleses no han descubierto nada. Y no está de más una cura de humildad, que no hemos hecho el descubrimiento del siglo. En la Antigua Grecia se colocaban notas en las puertas de las bibliotecas, advirtiendo a los lectores que estaban a punto de entrar en un lugar de curación del alma. Y el filósofo estoico Epicteto afirmaba que la lectura equivalía al entrenamiento de un atleta antes de entrar al estadio de la vida. Más cerca, en el siglo XIX, psiquiatras y enfermeras les recetaban a sus pacientes toda clase de libros, desde la Biblia, pasando por literatura de viajes, hasta textos en lenguas antiguas.

Hasta en los muy pragmáticos Estados Unidos,  el uso de los libros como forma de curación empezó a extenderse después de la I Guerra Mundial, recomendando  libros a los soldados que retornaban, muchos de ellos con estrés postraumático, en un intento por mejorar su convalecencia. Por cierto, que las deliciosas novelas de Jane Austen eran las más recomendadas porque, al parecer, hacían olvidar a los combatientes el olor de la pólvora y el ruido de las bombas.

Ya véis, los libros llevan siglos curando. Igual ahora, si cunde el ejemplo del ‘Social Prescribing’, les den el sitio que se merecen, aunque no sé yo si las todopoderosas industrias farmacéuticas estarán de acuerdo.  Yo seguiré ‘automedicándome’, y agarrando un libro divertido cuando estoy triste o un poema cuando no veo nada bello a mi alrededor. Y siempre en Macondo.