Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Canícula

Los días caniculares, que van terminando, son los más secos y calurosos del  año. Ha pasado más de un mes desde el solsticio con el sol en el punto más alto del horizonte y el mayor número de horas de radiación solar. Al empezar el verano, la superficie de la tierra y el agua de los mares y océanos aún no se ha recalentado por la acción del sol por lo que es durante la canícula cuando se registran las temperaturas anuales más altas con valores que llegan a superar los 40 º C.

Nuestro cuerpo es capaz de mantener sus constantes y  funciones vitales estables, homeostasis, compensando los cambios del entorno mediante mecanismos de autorregulación. Equilibrando la producción y la perdida de calor, logra que la temperatura corporal se mantenga entre los 35,5º C y 37ºC para funcionar correctamente. Cuando el calor es excesivo el sistema termorregulador tiene dificultades para disipar el exceso de calor del cuerpo. Entonces, nos sentimos cansados, fatigados y malhumorados, síntomas del efecto del calor, y, en casos extremos, tiene consecuencias graves para la salud.

Hasta  aquí nada nuevo. Con independencia del efecto del cambio climático, todos sabemos que en verano hace calor y que el cuerpo humano tiene capacidad limitada para combatirlo. Por ello, me sorprenden las reiteradas recomendaciones de las autoridades sanitarias del tipo procure no salir en las horas de más calor, vaya usted por la sombra, vista ropas  ligeras, consuma alimentos frescos como el gazpacho o la sandía que también hidratan… Me recuerda a los enojosos cartelitos -todavía queda alguno en la pared de los lavabos públicos- que con varias fotografías te muestran secuencialmente cómo debes lavarte las manos, poniendo en duda que hayas superado con éxito preescolar.

Sin embargo, tendré que admitir que debe ser necesario prodigar estos consejos básicos a la población porque sigues cruzándote con organizadas hordas de turistas a las cuatro de la tarde, esforzados y congestionados ciclistas o corredores subiendo empinadas cuestas o gente con su móvil tomando el sol a las bravas, sin sombrero ni protección alguna, que como diría mi bisabuela “no lo harías si te lo pusieran de penitencia”. Algunos, además, se acompañan de sus perros que no tienen capacidad de sudar como nosotros para regular su temperatura y son más sensibles al calor.  Los animales en su estado natural no necesitan instrucciones ni recomendaciones para contrarrestar el calor. A las horas centrales del día, reducen su actividad-de hecho, si vas por el campo no oyes ni los pájaros- y buscan la sombra y los sitios más frescos para no hacer nada y dormitar.

A veces me desconcierta que nos pasemos el día exigiendo que todos los riesgos, hasta los de nuestras finanzas, nos los den controlados y descontrolemos los que están en nuestra mano. En cualquier caso, recomiendo-siempre en la medida de lo posible, claro-estos días dejar  descansar al cerebro, sin distracciones tecnológicas que todo lo abarcan pero merman nuestra sagacidad y nuestro sentido de la proporción, para dedicarlos al aburrimiento creativo, sin hacer nada aparentemente productivo, ocupados en el pensamiento reflexivo.