El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Soledad sonora

16/09/2020

Si algo caracteriza nuestra sociedad es la actividad frenética que nos envuelve y nos impide tener sosiego y paz. Al mismo tiempo, nuestra atención es atraída por numerosos estímulos que nos obligan a no parar de procesar datos. Somos como una peonza que gira y gira sin descanso, a veces sin rumbo, dejándonos arrastrar por un movimiento sin fin que nos desgasta física y psíquicamente.
Por ello es conveniente, de vez en cuando, tomar distancia, interrumpir esa dinámica y buscar remansos de tranquilidad, de paz interior, de reposo de los sentidos. Estos días es lo que he hecho, en la soledad y el silencio del pequeño y retirado convento extremeño del Palancar. Un lugar lleno de historia y espiritualidad, ligado al movimiento reformador que, allá por la primera mitad del siglo XVI, dentro de la orden franciscana encabezó San Pedro de Alcántara. Allí, integrado en las construcciones posteriores, se encuentra el humilde convento que el santo fundó, un edificio minúsculo, tal vez el convento más pequeño del mundo, en el que, en torno al diminuto claustro se abren las pequeñas celdas donde dormían los frailes, destacando la que, construida debajo de la escalera, con un pequeño poyete como cama y un tronco de madera embutido en la pared como almohada, utilizaba San Pedro en sus pocas horas de sueño. Se enclava en un lugar de gran belleza natural, donde  por la noche, en un completo silencio, es posible abismarse contemplando la infinitud del universo, bajo un cielo tachonado de estrellas.
Este locus amoenus es un ámbito privilegiado para encontrarse, en la quietud de la naturaleza y con la fraternal acogida de la comunidad franciscana, con uno mismo. Hacer silencio interior; mirar en el hondón del ser; inquirir, siguiendo las recomendaciones de Agustín de Hipona de entrar en uno mismo, la Verdad profunda que habita en nuestros corazones y que, más allá de los condicionamientos de la materia, nos abre a lo trascendente. Una experiencia que, como seres humanos, deberíamos hacer con más frecuencia, y en la que el creyente puede «estarse amando al Amado», y quien no lo es, buscar el sosiego del corazón.
A realizar esta experiencia ayuda el encuentro con nuestra rica tradición mística. En ocasiones oigo ponderar la potencia de la espiritualidad oriental, ya sea el hinduismo o el budismo. Me pregunto si, quienes tanto las valoran, se han acercado a nuestros autores clásicos del XVI. Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, fray Luis de León, fray Luis de Granada, Alonso de Orozco, entre otros; o las monjas escritoras que, olvidadas en sus clausuras, se están redescubriendo en los últimos años, como sor Ana de la Trinidad.
Quizá su lectura, a priori, nos resulte difícil, tan alejados como estamos de su mentalidad y contexto. Pero, a poco que nos adentremos en sus obras, descubriremos un manantial de frescas aguas donde saciar el espíritu.