CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Necesitamos otro Ramón y Cajal

La vida avanza a velocidades ultrasónicas, tanto, que a veces no somos capaces de discernir entre la voluntad y el futuro. Tal vez, son demasiados los avances tecnológicos y científicos y mucho menos los avances socio-culturales para permitir que la sociedad esté preparada y pueda entender de cada uno de esos avances y aprovecharse de sus ventajas. No vamos al mismo ritmo, y si no que se lo digan a los que tienen más de setenta años o a los propios adolescentes.
Esta disfunción está haciendo demasiado daño en la concepción de valores, educación y formación hacia una sociedad más solidaria, preparada, madura, creativa, honesta y capaz.
Santiago Ramón y Cajal hizo un llamamiento a todos los profesores de España el 20 de diciembre de 1899, tras la pérdida de Cuba y Filipinas en el Desastre del 98. Y él manifestó lo siguiente: «Junto al microscopio, poned la bandera nacional que os recuerde constantemente vuestra condición de guerreros (porque función de guerra, y hermosísima y patriótica, es arrancar secretos a la naturaleza con la mira de defender y honrar a la patria)», proclamó el investigador.
Siete años después, Cajal ganó el Nobel de Medicina por revelar la individualidad de las neuronas, «las mariposas del alma». Sin embargo -y según Manuel Ansede en el País-, casi un siglo después, en 1989, su amada patria apiló el legado del mejor científico español de la historia en cajas de galletas y de Vermú Cinzano en un sótano del madrileño Instituto Cajal, junto al animalario.
Tras tres décadas de olvidos y polémicas intermitentes, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) habilitará por fin una sala en su sede central de Madrid para exponer «la parte más relevante del Legado Cajal», según confirma un portavoz de la institución a EL PAÍS. El archivo del padre de la neurociencia está compuesto por 22.000 piezas, sobre todo dibujos de células nerviosas, manuscritos, cartas y fascinantes fotografías.
Cajal, nacido en 1852 en la aldea navarra de Petilla de Aragón, se veía a sí mismo como un ‘Robinsón Crusoe’ que avanzaba con su microscopio por la isla salvaje del cerebro humano. Los sabios de la época, como el británico Charles Sherrington, tuvieron que aprender español para leer sus asombrosos descubrimientos. Igual que el explorador Américo Vespucio dio nombre a América, Cajal pudo dar su apellido a la neurona. «No se le ha hecho la justicia de darle su nombre», reconoció Sherrington, ganador del Nobel de Medicina en 1932.
Por eso, un nuevo Ramón y Cajal nos vendría estupendamente. Tal vez, igual que el científico quiso dejar para el futuro, deberían hacer los científicos actuales, pero obviando que la transformación de cada objeto, el avance en las tecnologías punta y los nuevos paradigmas de la modernidad científica, necesitan una formación paralela, didáctica y pedagógica, suficientemente adaptada a las edades que la reciban, y así, ese caudal de información tremendo, pueda ser adecuadamente absorbido y asimilado por los jóvenes, ansiosos de aprender y conocer, y pudiera ser aprovechado también por esos adultos cuyo desfase ha sido propio de este desajuste pedagógico que esta sociedad -metida más en asuntos de Estado, Poder y Materia- nos tiene ejecutados.
La última nieta del investigador, María Ángeles Ramón y Cajal Junquera, fallecida en marzo del pasado año, dijo: «prefiero que el legado de mi abuelo se exponga en una sala de 220 metros cuadrados que, aunque no suficiente, a que esté embalado en cajas otros tantos años más».