Me la juego

Ana Nodal de Arce


La cara más cruel del estado del bienestar

26/03/2020

Razón tenía el presidente Sánchez al decir, en una de sus comparecencias, que consumimos mucho Internet. En lo de la fibra, no tanto que, en Toledo, el afán del Ayuntamiento por cuidar nuestro  patrimonio, es un decir, le ha llevado a no instalar esta tecnología ni en el Casco ni en la Vega Baja, no vaya a ser que a los visigodos les incomode más que la construcción del cuartel de la Guardia Civil. Grandes. Mientras, nos manejamos con nuestro ADSL, aunque algunos ni eso porque no pueden pagarlo, y nos llegan noticias de esas que no gustan al Gobierno. Pero es inevitable: el estado de alarma no limita la libertad de expresión. Además de encerrados, si no podemos desahogarnos tendremos que recurrir al psicólogo y en el Sescam la lista de espera es de un año. Dicho queda.
De esta crisis saldremos adelante unidos, según la consigna del gobierno. Pero no todos. El estado de bienestar del que hemos presumido durante décadas nos ha dejado a la vista su lado más cruel: los ancianos. Poco afortunada fue la ministra de Defensa, Margarita Robles, a la que admiro, con sus declaraciones sobre personas halladas muertas en las residencias. Con ello no contribuyó sino a sembrar más alarma, si cabe, entre los familiares de los ingresados y a criminalizar a unos trabajadores cuya labor no ha sido valorada como corresponde durante esta crisis.
Es obvio que las residencias privadas se han convertido en un negocio y todo parece indicar que una mayoría, más allá de una fachada bonita, no cuenta con el personal ni los medios suficientes. La administración no ha cumplido con su obligación de regular con minuciosidad esos centros y de velar por el cuidado exquisito de sus mayores. En estas circunstancias, no es de recibo que en Toledo permanezca cerrado desde hace casi diez años el Hospitalito del Rey, un edificio espléndido rehabilitado con más de ocho millones de dinero público. Espero que el presidente Page, cuando pase esta alarma, no demore su deber y el ayuntamiento no ponga palos en las ruedas con la excusa de licencias.
No sé si esta crisis se estudiará en los libros de historia, pero sería lamentable que se recordara como la época en la que toda una generación de personas, las más vulnerables, fue abandonada a su suerte ante una pandemia en la que los dirigentes políticos no dieron la talla que sí mostraron los ciudadanos. Incluso sumidos en un dolor infinito.