EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Hacer frente al desastre

Cuando el experto Simón -así a lo natural, metido en su chaquetilla de punto y carraspeando-, dijo del coronavirus: «Nosotros creemos que España no va a tener como mucho más allá de algún caso diagnosticado», comprendí que estaba literalmente y sin enterarse anunciando que se avecinaba una catástrofe. «No va tener como mucho» equivale a «Va a tener como poco» o sea que la epidemia podría llegar a ser numerosa. Mal empezábamos.
A la sazón, los expertos que necesitaba Sánchez para lidiar al coronavirus eran Iván Redondo, José Luis Ábalos, o un científico de la casa, porque la epidemia necesitaba antes que una atención médica un tratamiento político. Y Sánchez, con el relamido slogan de «Sin feminismo no hay futuro» y dando la espalda a los 674 infectados y 17 muertos echó el resto para animar a la asistencia masiva al Día Internacional de la Mujer. Que era consciente del peligro, se muestra en las pancartas que animaban a correr el riesgo: «Peor que el corona, es el virus del machismo». Mal seguíamos.
Cuando la epidemia avanzó desbordando el sistema sanitario y económico de España, el presidente no tuvo más remedio que dar la cara. Lo hizo con retraso, con vacilación, sin concreción y con el rostro demudado. En una sesión de siete horas, acorralado entre la espada del virus y el muro de los nacionalistas y sus amigos, Sánchez debió encontrar una justificación para tomar autoridad al ver la insolencia de su incómodo socio -fugado de la cuarentena y sin mascarilla- y entonces se creció, se deshizo de oponentes y puso sobre la mesa un programa con sentido y rigor.
Ahora vivimos un estado de sitio, mentalizados de que nos salvaremos si estamos todos juntos, de la misma manera que nos condenaremos en la medida que la histeria acumule a cientos de pacientes que bloquean los hospitales porque tosen y tienen mocos. Hemos sido causantes, no culpables, del colapso general de España. También salir de él estará en nuestras manos.
Este virus no respeta fronteras ni dignidades pues nos trata a todos simplemente como humanos. Y ha subvertido rancias prioridades pues, en palabras de la médica psiquiatra Edna Rueda «una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista». También ha aportillado el muro de las individualidades, pues hemos aprendido que para que yo viva tengo que cuidar del vecino.
Como cualquier situación límite, ésta nos saca de lo accesorio y nos enfrenta a lo esencial, el encierro tiene efectos de reencuentro de uno consigo mismo y con los semejantes, descubríamos que es necesario mirar a los demás, ponernos en su lugar y contemplarnos desde sus ojos. Y aplaudíamos a rabiar desde los balcones, para no estar solos, para sentirnos como una partecita de la humanidad, para entender que si nos salvamos será cantando todos juntos, como empezó la brava gente de Italia.
Gramsci escribió que «el pesimismo es un asunto de la inteligencia y el optimismo, de la voluntad», pero yo afirmo que también es racional la confianza en el futuro por la capacidad de la técnica para conseguirlo. Seamos, a largo plazo, positivos.