La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Quino

06/10/2020

Quino ha muerto; Mafalda ha muerto por cuarta vez. La primera vez que murió Mafalda fue en 1967, cuando desapareció el diario argentino donde se publicaba; la segunda vez fue en 1973, cuando su autor dejó de dibujar sus tiras de cuatro o cinco viñetas porque no quería ser cansino. La tercera muerte fue la peor porque el mensaje de Mafalda dejó de tener sentido. Pasó a ser un monigote en una taza de desayuno o en una mochila o en una camiseta. Se convirtió en un cascarón, en un huevo güero a quien el más fascista o el más feminista o el más progre o el más irreverente o insustancial, o sencillamente el más tonto, le encajaba un mensaje asertivo. La Mafalda viva era un cóctel de Los Beatles, la sopa, la imaginación y candidez infantil, los caramelos, el ajedrez, la playa, el hogar, la calle, las preguntas inocentes, las respuestas desconcertantes, la familia convencional, la Guerra Fría, el reproche a un dios lejano y a unos líderes mundiales más lejanos aún, la radio, la televisión, los periódicos. Mafalda es dibujo a mano, lectura profunda, sentido común, los pies en la tierra, la cabeza en el cielo.
También es silencio. Quino apenas hablaba, era un bloque de granito frente a un entrevistador, y decía que no comprendía por qué la gente se siente incómoda ante el silencio. Tal vez porque al callar no escuchamos nada, al menos nada interesante, que proceda de nuestro cerebro y por eso necesitamos un ruido constante, una verborrea indocumentada que ahogue esa sensación incómoda de vacío. No en vano, si sacamos a Mafalda de la ecuación, la gran obra de Quino son sus chistes sin palabras o con las palabras justas. Cuando le preguntaron, ya ciego, impedido, sentado en un sillón de su casa de Mendoza mientras apuraba un vaso de vino tinto, qué le diría a esas alturas de la vida al retrato de su yo de trece años que colgaba de una pared de su salón, dijo: «¿Viste que no era para tanto?» Seis palabras.
Junto al ordenador tengo una bola del mundo, de ese mundo en el que «cuando en Norteamérica es medianoche, en China es mediodía, y cuando en China es medianoche, en Norteamérica es mediodía, y así es imposible que se puedan llegar a entender doscientos millones almorzando con seiscientos millones de tipos durmiendo». Mi bola del mundo es como aquella que Mafalda arropaba porque estaba mala de maldad.  («¿Por qué Dios ayuda siempre a los malos si son muchos más que los buenos?», dijo Quino en una de sus últimas entrevistas. Se me ocurre que porque Dios es de los malos). Toco la bola del mundo y está caliente. No sé si tiene fiebre o sólo es el calor del flexo que hay junto a ella.