La espada de madera

Bienvenido Maquedano


La casa

18/08/2020

Nunca tuvimos casa propia de veraneo ni de fin de semana, pero disfrutábamos de la huerta de Petronilo, donde trabajaban mis tíos y crecían mis primos. No teníamos que cavar el huerto, ni podar la higuera, ni envolver los racimos de la parra con hojas de periódico para ponerlos a salvo de los pájaros y las avispas, pero sí nos comíamos los higos verdes y las brevas negras, y cargábamos el coche con banastas de tomates y uvas de moscatel. Ese coche limpio, siempre, a pesar de ser un Seat 600 de segunda mano, que por algo mi padre era transportista.

Somos lo que recordamos y vivimos el tiempo que tardan en olvidarnos. De eso sabe mucho Paco Roca. Sabe tanto que en 2008 ganó el premio nacional de cómic con “Arrugas”, un libro que habla de la enfermedad de Alzheimer. Doce años después ha ganado un Eisner, el máximo reconocimiento al que aspira un dibujante de historietas. No es el primer español que lo consigue, pero sí el primero que lo hace con un trabajo artesano construido a partir de recuerdos y lugares comunes que página tras página convierten la respiración en una tarea dificultosa. “La casa” es un libro diferente a todo lo que yo he leído. Tres hermanos se reúnen a la muerte del padre en la casa de campo con parcela, donde pasaron su niñez, para arreglarla un poco (reparar goteras, tirar trastos, pintar, limpiar la piscina, desbrozar el jardín) antes de venderla. Es una historia pequeña, familiar, modesta, en apariencia tan corriente como la propia casa en la que se desarrolla, y que se describe bien con una frase extraída de uno de los diálogos: “Aquí las cosas no tienen una razón estética, tan sólo práctica y económica”.

Cuando terminé la lectura sentí que algo extraño había pasado. Estoy convencido de que mi padre fue chófer, que compró un terreno en medio de la huerta valenciana para construir una casa rectangular con piscina, huerto y garaje abarrotado de proyectos de chapuza en el que nunca metió el coche. Me parece que crecí levantando tapias, regando los frutales y remojándome con una goma dentro de un viejo bidón de gasoil. ¿Qué más da si nada de eso pasó? ¿Qué diferencia hay entre lo que recordamos como cierto y lo que es cierto sin más? Gracias, Paco, por haber recolocado las piezas de lo que fue mi relación con mi padre, los veranos en familia, el valor de lo cutre, de las medallas deportivas ganadas en el colegio, aquella diosa Cibeles de falsa porcelana, el toro de fieltro, el sofá de escay, y el cuadro de la cacería del ciervo pintado a brochazos que presidía el salón.