El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


‘…Et in pulverem reverteris’

17/02/2021

Un año más, la sobria liturgia del Miércoles de Ceniza viene a abrir el tiempo de Cuaresma, privado este año de su batalla previa con don Carnal. Un tiempo que para el creyente es preparación intensa a la celebración anual más importante, la Pascua, pero que a todos brinda la oportunidad de confrontarnos con nuestro verdadero ser, tantas veces alienado en esta superficial y materialista sociedad.
El acto de la imposición de la ceniza venía acompañado, antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, por las palabras latinas Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, que ahora son habitualmente sustituidas por la fórmula ‘Convertíos y creed el Evangelio’, que condensa lo que debe ser el itinerario cuaresmal.
Más, a lo largo de este duro año que hemos vivido, la vieja expresión, tomada del Génesis, se nos ha manifestado dolorosamente real y próxima. Porque hemos podido experimentar, a nivel personal y social, la fragilidad de todo lo humano, un inestable castillo de naipes que es desmoronado por el menor soplo. La enfermedad, la soledad, la muerte, se nos han hecho compañeras habituales, destruyendo vidas, proyectos, ilusiones. La Covid-19 ha mostrado que somos como, en la canción de Kansas, dust in the wind, polvo en el viento, pequeñez arrastrada por la potencia de una fuerza invisible, dejada al albur de una situación que no podemos manejar ni controlar. La orgullosa torre de Babel de nuestra tecnología, de nuestros conocimientos, de nuestra sabiduría, se ha venido abajo estrepitosamente, dejando visible la contingencia radical del ser humano.
Memento, homo…recuerda, humano…mira lo que eres en verdad, adéntrate en lo más hondo de ti mismo. La pandemia ha dejado al descubierto tu desnudez original, te ha despojado de tus endebles certezas, de tus fútiles seguridades…quia pulvis es…que eres polvo, nada…et in pulverem reverteris…y volverás al polvo…a tu realidad primigenia por la muerte que, danza macabra, a todos iguala, ricos y pobres, poderosos y humildes, banqueros y mendigos.
Pero la evocación de estas palabras el Miércoles de Ceniza no es la triste constatación heideggeriana de que somos Das Sein zum Todes, un ser para la muerte. Al contrario, frente a la oscura incertidumbre y pavoroso pánico de hundirnos en la nada, la ceniza sobre nuestras cabezas nos recuerda que ese polvo ha sido transformado en barro amasado amorosamente por las manos del Creador, insuflado de su Espíritu vivificante, y que el adentrarnos en el desierto de la Cuaresma no es sino para, desde la experiencia radical del encuentro con nosotros mismos en la soledad, abrirnos a la Trascendencia y vivir el paso redentor de la esclavitud a la verdadera libertad, la que, desde una Cruz se nos anuncia, no en las tinieblas aterradoras del Viernes Santo, sino en la aurora luminosa del Domingo de Pascua, cuando el Resucitado rompa con ella la piedra, no sólo de su sepulcro, sino de los de la Humanidad entera.