Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Mali

27/08/2020

Hay días que algunas noticias, como la de otro golpe de Estado en Mali, merman el entusiasmo, te envuelven con un manto de pesadumbre y llegan a cubrirte con un ligero velo de resignación. No hace mucho escuchaba a un biólogo evolutivo reflexionar sobre que no es tan cierto que la evolución solo sucedió en tiempos pasados y no puede verse en tiempo real. Hay momentos en que avanza más rápido y puede observarse, particularmente cuando los cambios son drásticos, como los ambientales de hoy, y mayor es la necesidad de adaptarse como sea. Algo así se me ocurre que sucede con los cambios geopolíticos de la mano del terrorismo internacional.  No será la última vez que haya que hacerse a la idea de que los sitios y las gentes que has conocido han desaparecido o no puedes regresar a ellos porque su inestabilidad los ha convertido en muy peligrosos.
Tampoco hace tantos años que viajamos a Mali, recorrimos seguros sus ciudades y visitamos los poblados donde convivían en su peculiar armonía las distintas etnias. Mali era reconocida como el ideal de la democracia africana. Bueno también es verdad que se ha promovido, con una visión restringida y occidental del funcionamiento de la economía, exigiéndose a los países como requisito para estar en las organizaciones internacionales, para ser socio comercial o un potencial perceptor de ayudas. Eso a pesar de que los investigadores no han encontrado evidencias que demuestren que cuando un país alcanza la democracia asegura con ello su desarrollo económico. Menos aun si primero no ha alcanzado un mínimo crecimiento económico, puesto que está más clara la relación causal de la pobreza con el estancamiento económico y los conflictos armados. Mali, uno de los países más pobres del mundo, ocupa el puesto 184 de los 189 países del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (IDH) de 2019. Este indicador evalúa esperanza de vida, educación de la población y capacidad económica para disfrutar de una vida digna. Mali es un Estado fallido que no puede garantizar la existencia de sus ciudadanos, la protección de sus bienes, la integridad de su territorio y una economía que lo sostenga. Un reto para el desarrollo humano pero también una amenaza para la seguridad y la defensa de la sociedad internacional.
A pesar de la fuerte presencia militar internacional en el Sahel, avalada por resoluciones de Naciones Unidas, cada vez está más extendido el terrorismo y el enfrentamiento entre las ramas de Al Qaeda y el Estado islámico en la zona (JNIM e ISGS). El gobierno de Mali ha ido perdiendo el control de sus enclaves míticos Kulikoró, Tombuctu, Mopti, Segú, las fronteras con Niger, Burkina-Faso, Mauritania y Costa de Marfil y ahora lo ejercen las redes de criminalidad organizada y los grupos yihadistas transnacionales, cuya cifra de combatientes triplica la de soldados del ejército nacional. Reclutan fácilmente a civiles atrapados por la pobreza y los conflictos étnicos generados entre las comunidades tuareg, dogón, fulani, dafing, bambara, songhai…, perpetuando la violencia estructural.
Preocupa que el vacío de poder tras el golpe sea aprovechado por los extremistas armados con consecuencias desestabilizadoras para la región y para el mundo.