La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Descomposición

01/09/2020

En los Estados Unidos todo es grande. Las mayores avenidas, los coches más amplios, los rascacielos más altos, las hamburguesas más inabarcables. Un europeo corriente no puede terminarse el menú infantil servido en un diner neoyorquino. Los estadounidenses, con frecuencia, son voluminosos. Una tierra de cuento de Gulliver. Aparentemente, es uno de los países más cohesionados del mundo, con una constitución tan fosilizada como si la hubiesen sumergido en ámbar. 334 millones de almas arropadas por la misma bandera de barras y estrellas, el mismo himno, el mismo dólar, el mismo pavo de acción de gracias y las mismas fiestas de fin de curso en las que el chico viste de chaqueta y la chica parece envuelta en celofán. Aparentemente, parece que todos comparten la misma visión de un mundo en el que se besa en la primera cita, se magrea en la segunda y se folla en la tercera, un mundo de pepsicola y queso fundido y armas semiautomáticas, y albergan la idea de que son el pueblo elegido por Dios para no se sabe qué ignota tarea. Aparentemente hay dos partidos políticos, republicanos y demócratas, que ahogan todo intento de aventuras de millonarios tarambanas que sueñan con ocupar ocho años la Casa Blanca para jugar a los soldaditos y al Monopoly.
En realidad, ese coloso no es uniforme sino que está compuesto por pedazos que la desgana del paso del tiempo ha ido amalgamando. Trozos mal cosidos que al juntarse crean la imagen de un niño enorme y poderoso, pero con los problemas de desarrollo mental propios de su joven edad. Ahora parece que Estados Unidos se está descomponiendo. El sistema bipartidista olvidó su misión primordial y dejó que se colase en el sistema un empresario arribista disfrazado de elefante republicano al que no se le conoce un solo pensamiento profundo. Senadores, congresistas, gobernadores y alcaldes han permitido que se pervirtieran todas las reglas de la moral y de la democracia, y la mayoría de los votantes lo han aplaudido.
Después de cuatro años, las costuras están saltando. Los americanos más grandes, los gigantes de la NBA, han clavado su rodilla en el suelo de las canchas, recordando el estrangulamiento de George Floyd, y han dado la espalda a las cámaras para mostrar sus camisetas agujereadas por los siete balazos que acribillaron a Jacob Blake. Mientras la pandemia barre el país, los ciudadanos hacen uso de sus preciados derechos y se apalean y asesinan en las calles. En estos momentos es difícil tener fe en que las cosas mejoren. No es muy alentador ver a gigantes con torsos como sacos de patatas deshacerse en lágrimas de impotencia por una deriva que es mucho más que racista. Ni siquiera se puede creer en superhéroes salvadores tras la muerte de Pantera Negra.