Política y Humanismo

Fernando Díez Moreno


Las condiciones del gobernante (17)

07/09/2020

Para el humanismo, el gobernante, es decir, el político, debe reunir una serie de condiciones tales como pasión justa por el poder, no ser esclavo de la imagen (véase la colaboración 7, de 19 de abril), no ser corruptos y ser íntegros.  
La integridad es la base de todo buen gobernante. No basta la honradez o la honestidad, es necesaria una vocación de plenitud personal al servicio de los ciudadanos y del bien común o interés general. Además, la comunidad tiene derecho a que sus gobernantes sean íntegros, porque los elige para que lo sean.
Un gobernante íntegro, jamás perderá de vista que debe preocuparse por conocer los problemas de los ciudadanos por complejos o técnicos que sean; que debe tener conciencia a cada paso de los objetivos que se ha propuesto para configurar el futuro de la comunidad; que no puede emprender ningún proyecto sin haber valorado su viabilidad económica, técnica, financiera y social; que debe ocuparse de que se lleve a cabo lo que se ha acordado y convenido y de que se cumplan las leyes que se han aprobado; que debe asumir las responsabilidades que le corresponden, tanto a él, como a sus inferiores, sin transferirlas a estos o a cualquier otro ámbito; que debe resistir las presiones de los grupos, de los medios de comunicación, o de la calle, cuando esté convencido de que lo mejor para el interés general es lo que él propone; que no debe desoír a quien le aconseja con lealtad; que debe conocer y utilizar las técnicas y los instrumentos que el mundo moderno ofrece; que  debe ser transparente, explicando públicamente sus objetivos, las dificultades que encuentre y, llegado el caso, sus fracasos; y que debe dar prioridad a la solución de los problemas de quienes más lo necesitan.
Además de lo anterior, un gobernante íntegro sabe que no puede prometer nada que, conoce de antemano, no puede cumplir. Un gobernante íntegro sabe cuándo debe marcharse.
Además de la integridad, el gobernante debe saber comportarse. La elegancia y el talante distinguen a los verdaderos líderes. Pero no se puede confundir elegancia con pedantería. La pedantería, los comportamientos excéntricos, anárquicos o ridículos no interesan al humanismo. La verdadera elegancia es el comportamiento que se deriva de recoger la experiencia de belleza  y de arte consecuencia de una buena educación.
Al otro extremo de la elegancia está la grosería y la ordinariez. Grosero es quien trata a las personas y a las cosas sin delicadeza, el que maltrata el lenguaje, el que compone su vida solo de cosas elementales o ignora y desprecia la fineza del espíritu. Ordinario es hacer lo habitual con dejadez, con descuido, de cualquier manera, sin poner interés. Grosería y ordinariez dicen razón de ‘vulgar’, que etimológicamente significa ‘vulgo’, pueblo bajo y sin educación.
Pero al hombre público, al político, no solo les es exigible, desde la perspectiva humanista, un comportamiento elegante sino, además, una forma de conducirse ante los demás, que se llama talante, y que tiene tres manifestaciones: la serenidad, la naturalidad y el control de los sentimientos.
La serenidad implica resistir las presiones, las prisas o las agresiones. Implica conservar la calma, pensar las cosas antes de hacerlas, controlar los tiempos, incluido el largo plazo, hacer que no se altere ese espacio interior al que llega todo lo que procede del exterior.
La naturalidad es vivir con normalidad el papel que se desempeña, sin hacer teatro, sin sobreactuar, sin dependencia obsesiva de las fotos, transparentando lo que de verdad se es, o lo que nos gusta, o lo que nos complace. Es no aparentar lo que no somos o no avergonzarnos de lo que sí somos. Es huir de una naturalidad tan trivial como artificial. No decir a cada uno lo que le gustaría escuchar.
El control del sentimiento se une a la elegancia para dominar los impulsos, el hambre, el sueño, el cansancio, la impaciencia, las emociones, el dolor, la alegría y los enfados.
Todo lo anterior es aplicable a todos los niveles del gobernante, desde un Concejal hasta la máxima autoridad nacional.
Examinar la integridad, la elegancia y el talante de nuestros gobernantes, a la luz del humanismo como ha quedado expuesto, es un ejercicio que, amable lector, no te recomiendo. Bastantes problemas tienes ya.