Editorial

Combatir la despoblación llevando servicios básicos al mundo rural

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Las Cortes de Castilla-La Mancha han empezado esta semana a enfrentar de cara el problema de despoblación -pérdida de población- y despoblamiento -situación agravada porque indica abandono- que padece la comunidad autónoma. Dos problemas estructurales, pero que se pueden suavizar si se aplican las medidas correctas. Al menos así lo entienden los primeros expertos que comparecieron en la primera sesión de la Comisión parlamentaria creada para detectar y acordar medidas que se puedan poner en marcha en la región para frenar la sangría demográfica que afecta muy especialmente a las provincias de Cuenca y Guadalajara.

En Castilla-La Mancha, el 58,4% de la superficie cuenta con menos de diez habitantes por kilómetro cuadrado. Este territorio aglutina al 63% de los municipios de la región. La situación es mucho más agravada en Guadalajara y en Cuenca, donde el 82% y el 73,5% del espacio tiene menos de diez habitantes por kilómetro cuadrado. En el otro extremo está la provincia de Toledo, que sólo cuenta con el 32% de su superficie por debajo, un porcentaje muy pequeño comparado con otras provincias y comunidades autónomas.

Si se tiene en cuenta que el 43% del área total de España se encuentra por debajo de los diez habitantes por kilómetro cuadrado, quiere decir que la comunidad autónoma se encuentra un 15% peor que la media nacional. Un dato preocupante.

Esta es, por tanto la radiografía de partida que hay que revertir. Los expertos sostienen que, a mayor ruralidad, mayor despoblación. Es decir, cuando el municipio tiene un menor tamaño demográfico, la sangría demográfica es mayor. Y en algunas localidades castellano-manchegas, aragonesas o castellano y leonesas no ha parado desde los años cincuenta.

Es cierto que en los municipios que están por debajo de los 2.000 habitantes se encuentran en una dinámica difícil de revertir. En estas localidades no hay capital humano, no hay capacidad de crecimiento, las posibilidades de inversión externa están bastante limitadas -y más en época de crisis- y están mal conectados. Sin embargo, no es tiempo de quedarse con los brazos cruzados.

Más allá de que a estos pequeños municipios llegue la fibra óptica, de que se instaure un día del orgullo rural o que los funcionarios cobren un nuevo plus cuando se queden a vivir en los pequeños municipios rurales, la apuesta debe ser por recuperar los servicios básicos perdidos durante los años de crisis. Y es que poca gente quiere vivir a 40 minutos de un hospital o a 20 de instituto o de un centro de salud. La solución pasa, por tanto, por una mayor inversión pública. Y ésta seguramente por un nuevo modelo de financiación autonómica que sigue atascado.