El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


El compromiso de Caspe

12/08/2020

En mi recorrido estival por Aragón he visitado Caspe. Bajo el inclemente sol de agosto pude contemplar la hermosa fachada de la antigua colegiata de Santa María, uno de los mejores ejemplos del gótico aragonés y testimonio, junto con los restos del castillo adyacente, del esplendor que tuvo la orden de San Juan de Jerusalén. El castillo fue destruido durante las guerras carlistas y el interior de la iglesia sufrió los destrozos derivados de la violencia anticlerical del verano de 1936, perdiéndose los retablos y los magníficos sepulcros. Ante la misma tuvo lugar, en 1412, un acontecimiento capital para la historia de Aragón y de España, pues se celebró la reunión de los representantes de Aragón, Valencia y Cataluña que eligió, tras la muerte sin descendencia del rey Martín el Humano, a Fernando de Trastámara, como soberano. El conocido como Compromiso de Caspe, que evitó la disgregación del conjunto de reinos y condados que se habían unido en la persona de los reyes de Aragón, pertenecientes al Casal de Barcelona desde el matrimonio de Petronila, heredera de aquel reino, y Ramón Berenguer IV, conde barcinonense. Un acuerdo que buscó, por encima de intereses particulares, el bien común de aquella corona.
En Caspe, rememorando aquellos acontecimientos, he sentido nostalgia y pena. Porque lo que estamos viendo día tras día en la política española no es la búsqueda del consenso, del acuerdo, que en una situación de grave crisis como la que estamos padeciendo en todos los órdenes, es lo que debería primar. Al contrario, de día en día crece el cainismo, el enfrentamiento, el guerracivilismo. No se ve al que opina de modo distinto como un adversario político, sino como un enemigo al que hay que vencer, y si hiciéramos caso a algunas expresiones en las redes sociales, aniquilar. Se están cruzando todas las líneas posibles, se está recurriendo a la mentira, a la denigración, al olvido de los principios más básicos que en derecho salvaguardan a la persona de la arbitrariedad y la tiranía. Se rescatan, manipulados, distorsionados, hechos del pasado que deberían estar ya tan sólo en el debate científico de la Historia. Vemos como se recurre al linchamiento mediático, sin posibilidad de defensa, de personajes públicos que disienten de las ‘verdades oficiales’. Nuevas formas de censura, de represión ideológica bajo capa de pensamiento políticamente correcto, están cercenando ese derecho básico que es la libertad de expresión, e incluso de pensamiento.
Hubo otro momento en el que, por encima de partidismos, se buscó mirar al futuro y procurar el bien común, más allá de ideologías. La, tan denostada ahora por algunos, Transición. Más allá de las circunstancias históricas que la condicionaron, con sus luces y sus sombras, hubo un proyecto colectivo que buscó superar odios y enfrentamientos. Quizá, antes de que sea demasiado tarde, urgiría recuperar ese espíritu para afrontar unidos nuestros graves retos. Es demasiado lo que nos jugamos.