La espada de madera

Bienvenido Maquedano


#YOMEQUEDO

Que los pueblos se han ido llenando y vaciando de vida a lo largo de los siglos es algo que tenemos muy claro los arqueólogos, que andamos desenterrando villas que fueron el colmo del lujo cuando tal o cual romano las habitaba, o ciudades enteras con murallas de muchos metros de altura, baños públicos y un higiénico sistema de alcantarillado. Por eso me chirría el nombre de ‘España vaciada’ referido al fenómeno de la despoblación de los núcleos rurales. Los pueblos se mueren por muchas razones, no sólo porque las carreteras que antes los atravesaban ahora los circunvalen, o porque no haya buena cobertura de telefonía móvil ni fibra óptica, o alternativas de ocio a las fiestas de verano con su pólvora y verbena, que también. Gran parte del problema obedece a un cambio de ciclo sociocultural y económico, pero no muy diferente de los que motivaron los movimientos de población de unos asentamientos en declive a otros más atractivos hace un siglo o veinte. Hay quien dice que la historia es circular. Yo la veo más como un ciclo cardíaco de sístole-diástole que empuja a la sangre de las gentes a moverse o a quedarse quieta.
Frente a los mensajes pesimistas, Correos acaba de producir un anuncio magnífico con el lema ‘Yo me quedo’, que ofrece buena parte de las claves que podrían ser adoptadas para solucionar una realidad que, de repente, parece ser motivo de preocupación. En menos de un minuto se suceden secuencias en blanco y negro de gente más o menos joven, con oficios de los de toda la vida (herrero, agricultor, ganadero), que miran altivos a la cámara, alternados con rasas tierras castellanas, y queso y pan y vino. «Me quedo porque amo lo que hago, porque no quiero que se pierda este oficio, este sabor, este olor. Me quedo porque pertenezco a este paisaje, porque aquí un vecino es más que un vecino. Me quedo aunque no siempre sea fácil quedarse. Me quedo porque quiero que esta escuela siga abierta, porque con mi trabajo puedo hacer que otros vuelvan. Me quedo porque me he preparado para quedarme, porque para mí la oportunidad está aquí. Me quedo porque tengo mucho que ofrecer». Todo eso dice una voz de fondo con tono desafiante.
Ahí está el quid, en que haya gente con ganas de quedarse en el pueblo o que, tras haberlo abandonado y recorrido mundo, pieles y horizontes, considere que el mejor aire, el mejor sol y las mejores lentejas con chorizo se encuentran donde nació. No sé cómo se consigue eso de tener ganas, pero tengo la impresión de que obedece más a una forma de ser y sentir, a una especie de llamada vocacional o código genético, que a cualquier otra cosa.