El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Filomena

13/01/2021

‘La que ama cantar’. Este es, en griego, su significado. De hecho, era como se denominaba al ruiseñor. También es una mártir cristiana, que en el siglo XIX, cuando se descubrieron sus restos en las catacumbas de Priscila, una de las más interesantes de Roma, adquirió inmensa popularidad, convirtiéndose en objeto de gran veneración.
Pero, como habrán intuido, no me refiero este miércoles ni a ruiseñores ni a ninguna mártir del siglo III, ni, en su versión masculina, al Filomeno Freijomil de la novela de Torrente Ballester, sino a la borrasca que la pasada semana dejó sobre nosotros un manto de nieve como no se recuerda. Un acontecimiento, en una época en la que con frecuencia adjetivamos cualquier evento como histórico, que verdaderamente lo es. Dudo que nadie de quienes lo hemos vivido lo olvidemos. Y en la memoria de los niños permanecerá indeleble. Unos días de nevadas intensas que han dado paso a un frío glacial, con temperaturas asimismo históricas. Han sido muchos los daños que ha producido Filomena, resultando los más lamentables las cinco muertes, tres de ellas de personas sin techo – ¿quién se acuerda de ellas?-, junto a numerosos destrozos, árboles rotos, poblaciones aisladas, clases suspendidas. Un largo etcétera de lo que llamamos efectos colaterales.
Y, sin embargo, pocas veces hemos podido, tras amainar la nevada, contemplar tanta hermosura. La nieve posee un encanto especial, no sólo para los más pequeños, que han disfrutado cómo sólo saben hacerlo ellos, sino para cualquiera que, antes de que las placas de hielo nos lanzaran a una danza indeseada, haya salido a contemplar el maravilloso espectáculo que se nos ofreció ante la vista. Todo ha sido embellecido por el blanco manto que ha cubierto, como capa de armiño, nuestros campos y ciudades, nuestros monumentos, calles, plazas, jardines. Toledo, siempre hermosa, ha podido lucir, como si fuera una novia camino del altar, un cándido velo que ha resaltado, como en pocas ocasiones, su espléndido encanto.
‘Al mal tiempo, buena cara’ es un sabio consejo que el refranero nos ofrece, recordándonos que, ante las dificultades, lo más sensato es afrontarlas con actitud constructiva. Pero el mal tiempo meteorológico que  hemos sufrido nos ha permitido poner una cara no sé si buena, pero sí admirada, sorprendida, anonadada ante lo que hemos contemplado, y que, probablemente, nunca volvamos a ver en este grado. Las miles de fotos realizadas, los vídeos, las historias de Instagram quedarán como testimonio de la fuerza, a veces avasalladora, de la Naturaleza, pero también de su capacidad de generar belleza. Nos podemos sentir pequeños ante su potencia, pero a la vez, elevados por su maravillosa creatividad.
La belleza engendra belleza, regenera el espíritu, fecunda el alma. Gabriela Mistral en su poema Mientras baja la nieve señalaba: «Ha bajado la nieve, divina criatura, el valle a conocer. Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas. ¡Mirémosla caer!».
Pues eso. Mirémosla, dejándonos embriagar por tanta hermosura.