La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Morriña

Dentro de la nevera tengo un queso de tetilla. Cuando la abro para sofocar la sed o para sacar los tomates y las cebolletas de la ensalada me lo encuentro a la altura de los ojos, cónico, amarillo, duro, con la punta trabajada con precisión para crear el espejismo de un pezón. Cada una de esas veces me sorprendo sintiendo el vacío de un queso gemelo, como si un traficante de antigüedades hubiese mutilado y abandonado el pecho arqueológico de una Venus y se hubiese llevado el resto para pedir un rescate. Cuando lo toco está frío y tiene textura de piedra pulida y engrasada, y al pegar los dedos brillantes de aceitillo a la nariz me embriago con el aroma ahumado de la madera de abedul. 
El queso llegó hace unos días dentro de una caja de cartón que era una síntesis de Galicia y que en tiempos tuvo que contener detergente para lavavajillas o esponjas sintéticas. Había también unos pimientos de Padrón recolectados el día anterior por Laura en el productivo huerto familiar de Lugo, unos chorizos picantes y curados y rojos, conservas de mejillones recién arrancados a la ría, una lata de galletas de nata ecológica con trigo ecológico y caña de azúcar ecológica horneadas por ecológicas mujeres rurales, un paquete de las galletas crujientes con las que se embarcan los marineros cuando se dirigen a alta mar y deben renunciar al pan, y otro queso tan graso que el calor del transporte lo había licuado hasta parecer una medusa atrapada en una bolsa hermética de plástico. 
Freí los pimientos ese mismo día por respeto a su frescura y para ahorrarles las arrugas de la vejez con un aceite virgen cordobés y los ensalcé con sal de las salinas alavesas de Añana, y no sé si fue el picor de alguno de ellos el causante de que se me saltasen las lágrimas. El mejor de los viajes es el que pone en funcionamiento el mayor número de sentidos y yo activé seis de los cinco. Estoy a la espera de reunir a la familia para dar cuenta del resto del cofre del tesoro. Mientras esa fecha llega, no hay día sin que le dedique una mirada al queso de tetilla con la excusa de que tengo sed o de que el aire frío de la nevera me alivia del tormento del verano toledano; y algunas veces, sólo algunas, paso los dedos por su corteza y aspiro el humo de hoguera atrapado en ella, e despois non sei que me pasa e sinto morriña dunha terra que non coñezo.